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viii
Mi Muy Querida Hija.
Una vez más, un año más, me siento ante una pantalla en blanco, y toda vez que eso sucede, en un principio, como bien me dijo un buen amigo mío, poco se me ocurre entintar negro sobre blanco. Es como no encontrar la “inspiración” suficiente.
Sin embargo, contigo me pasa como con cualquiera “de los míos”, cualquiera de “vosotros”: es cuestión de mirar hacia mí, ahondar en mi corazón. Por eso no me resulta tan difícil y es por ello que me he propuesto “escribiros”, todos los años, coincidiendo con “vuestros aniversarios”. Más ahora que me consideráis “escritor”, un calificativo que, en mi modesta opinión, no merezco. En todo caso, pueda que, “lo que diga”, sea dicho con tanto amor cuando hablo con y de “vosotros” que, aunque no buscándolo, acaba siendo bello.
No hay secreto alguno y contigo tampoco.
Lo que quiero transmitirte, es que, si escribes desde y con el corazón, verás que nos es tan complicado decir lo que tengas que decir, porque será lo que de verdad necesitas contar. El ejemplo lo encontrarás en las breves palabras que me dedicaste el pasado veinticinco de febrero, el día de mi cumpleaños. Hablaste desde el sentir hasta tocarme la fibra. Hablaste de mi sueño y de mi empeño en perseguirlo y que, por ello, era por lo que me admirabas. No sé yo si soy merecedor de tal admiración. Como padre, nada más incomparablemente hermoso que sentirse reconocido por sus hijos. En mi caso tengo la bendita suerte de que así sea.
Pero hay más que amor en tus palabras. Hay verdad. Verdad de la buena, de esa tan sencilla que, muchas veces, por obvia, no vemos ni apreciamos. La tenemos ante nosotros y no la vemos o, cuando no, la negamos e incluso la rechazamos. Como perseguir nuestros sueños: ¡es algo que todos deberíamos intentar! En tu dedicatoria insinúas lo valiente que soy por ello, pues ser valiente es otra de las verdades irrenunciables a cualquiera de nosotros: ser cobarde no merece la pena. Lo digo porque, como bien tú dices, “mi padre no cumple años, sino que acumula sabiduría, como dice él”. Es posible, “ellos y ella” mi han ayudado a superar mis “miedos”, aunque no lo hubiese conseguido sin “vosotros”.
En particular, hoy te toca a ti, por ser el día que es: el de tu cumpleaños. Veintiséis años de sueños cumplidos para mí, porque tú has sido uno de mis sueños y de los pocos que perseguí con ahínco, tanto que – y corrígeme si me equivoco – la genética, caprichosa ella, delegó en ti, lo que yo soy, en versión mejorada. Así que, si esto es así – que así es –, te diré lo mismo que tú me has dicho: ¡no renuncies a tus sueños! Sé que lo logarás, es otra de las verdades. Lo es para mí, porque confío, porque el fraude nunca anidó en ti ni anidará, porque eres mi hija. Eres mi sueño convertido en realidad, el que perdurará en el tiempo hasta alcanzar la eternidad. No desfallezcas hija, y si alguna vez te ves superada, recuerda cuáles son tus sueños y deja que ellos te guíen, aunque que te acusen de soñadora. No importa, tú sabrás cual es la “verdad”. Pero, sobre todo: ¡vive sin miedos! Sabes a lo que me refiero.
Ves cómo ha sido fácil.
Entintar negro sobre blanco con el sólo propósito de dedicarte unas breves palabras en el día de tu vigésimo sexto aniversario. Jamás lo dudes: ¡sencillamente, es porque lo hice desde y con el corazón!
Sin otro particular, me despido de ti hasta nuestra próxima cita negro sobre blanco.
Felicidades, Almudena.
“Siempre tuyo”, atentamente:
Tu padre que te quiere.
rpm ‘14
Euskadi- Galiza, marzo 2014.

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