«CARTAS DESDE EUSKADI»

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Mi Muy Querido Hijo.

      Como supondrás te escribo estas líneas para felicítate por tu cumpleaños, como ya lo hice anteriormente con tu madre, tu hermana y tu hermano, lo que se ha convertido en una costumbre de un tiempo a esta parte.

      Me faltabas tú.

      Bien es cierto que el año pasado y también por tu aniversario, sin ir más lejos, te dediqué unos pocos versos, tan pretenciosos, que tuvieron la osadía de intentar poderse comparar, siquiera, a lo que ni remotamente se le puede parecer: un poema.

      Lo titulé: “Ojos”.

      La última de estas cartas que tuve el atrevimiento de exponer en público, con dedicatoria incluida, fue la que le dediqué, por su vigésimo octavo cumpleaños, a tu hermano Ramsés, el día ocho de diciembre del pasado año. En ella le decía, a modo de recuerdo, con la brevedad y simpleza que exige el modelo escogido, el espacio y el tiempo, lo que un padre pueda expresar lo que por un hijo siente.

      Recurriendo, todavía más si cabe, al poder de síntesis, lo que le venía contando era el recuerdo que de él tenía cuando no era más que un recién nacido, resumiéndole brevemente lo que mi memoria emocional recordaba y mi retina, subjetivamente, guardó: el ser primerizo y que, sin saber qué hacer, decir, pensar o cómo actuar, sólo se me ocurrió elevarle al techo – no diré al cielo (sería demasiado presuntuoso por mi parte) – preguntándome sobre mi nuevo rol de padre.

      Todavía hoy, busco la respuesta.

      Cuando naciste tú, continuaba haciéndome la misma pregunta. No te elevé al cielo. No hizo falta: bastó mirarte a aquellos enormes ojos negros para comprender que lo estaba tocando y que, si alguna respuesta quería, ahí la toparía. De ahí el poema y del mismo mi recuerdo: es lo primero que me viene a la mente toda vez que te recuerdo, que no es, sino, todos los días.

      ¡Ojos!

      Pero lo que es común a cualquiera de vosotros tres, a ti, tu hermano y tu hermana, y que así siempre os lo intento transmitir, es el profundo amor que os profeso, de lo orgulloso que me siento de mis hijos y de lo satisfecho que me siento como padre, y no por ser ejemplar, sino por ser como sois.

      Os amo en cualquiera de las acepciones del verbo.

      Ya que te he propuesto el ámbito de los recuerdos, recordaré lo que le escribí a tu hermano: amarte por encima de todas las cosas y saber que eres gente de bien, sin que permitas que nadie te diga lo contrario. Lo eres, y no hay prueba más convincente que esos profundos ojos que todo lo ven y todo sienten. Los que dicen lo que tú eres: sólo es cuestión de asomarse a ellos y verán, como lo hice yo, que ahí están las respuestas.

      Con tal que te hablen de amor, es suficiente.

      Te veo, hijo, acercándote con aquellos inmensos ojos abiertos que, con sigilo y disimulo, pretendían rebuscar en el fondo de una taza de café, los restos no apurados de amor de padre… te pillaba in fraganti y entonces me sonreías, y todo tu rostro se iluminaba, porque no lo hacías con los labios, siquiera con la boca, sino que con los ojos…

      ¿Recuerdas?…

      Me despido, recordándome de ti por tu aniversario, felicitándote, sean los que sean los que cumplas.

Tu padre que te quiere.

rpm ‘14

Euskadi-Galiza, xaneiro 2014.

P.D.: Mamá se adhiere a las felicitaciones y muestras de amor. Así me lo hizo saber y que te lo hiciese llegar, lo que, por otro lado, puede que no fuese del todo imprescindible, ya que tú, lo das por supuesto.

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