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xxv
Mi Muy Amado Hijo.
El otro día, a raíz de los atentados perpetrados por fanáticos fundamentalistas que dicen actuar en nombre del islam, en París, leí con gran interés, lo que tú, como coloquialmente se conoce, pegaste en tu muro o estado del Facebook, lo que sobre ello opinas, y mi intención era, en ésta, darte mi poca y mal formada versión al respecto. En otra ocasión, si te parece, disertaré profusamente sobre ello en otra de mis insensatas “CARTAS”.
Sin embargo, como comprobarás a continuación, en nada se asemeja con mi intención inicial lo que ahora he decidido decirte. Me acusarás – como yo mismo, por otro parte, más de una vez me he definido – de ser un nostálgico incorregible. Me gusta y ejerzo de tal, y seguramente en mí se hará patente aquello de que todo tiempo pasado fue mejor o, porque simple y llanamente, añoramos, como no puede ser de otra manera, aquello que ya no tenemos o de lo que no disponemos.
Pues bien, hijo. Como bien tú recordarás, siempre por estas fechas, en casa, en el día de tu cumpleaños, lo más tardar, solíamos adornar de espíritu navideño nuestro hogar. La tradición, como bien tú supones – quién es nostálgica es tradicionalista –, se mantiene. Así que, como un año más, y a falta de vosotros – sobre todo tu hermana – me puse manos a la faena y armé como torpemente pude el árbol de navidad, mientras mamá se ocupaba del resto de la decoración de la casa. En mi tono irónico-guasón, que podría mal interpretarse como sucedáneo de a retranca galega, le dije a tu madre que estaba harto de repetir anualmente la misma y repetida tarea navideña, que para el año siguiente iría a un chino y me compraría uno de esos abetos ya “montados” con lucecitas y todo, y así me ahorraría el engorro en el que siempre o casi siempre (¿?) me enredan o me enredo. Como siempre o casi siempre, tu madre dejó que el gruñón de su marido – que con los años acentúa el defecto – dejase escapar su gruñido. Y a continuación, en uno esos pocos ataques de lucidez que a veces tengo, mi memoria se vio inundada por lo recuerdos que todavía hoy – creo que como siempre – me abruman.
Sería fácil comprarse un árbol en los chinos, y puede que hasta práctico. Entonces, sé que me haría – y tú también – la siguiente pregunta: ¿y el espíritu navideño?… es ñoño, ¿verdad? Sí, ñoño, pero verdad. Una historia más de lágrima fácil, de esas que yo presumo siempre huir de ellas, pero que sin embargo siempre acabo irremediablemente cayendo en las mismas, como, por ejemplo, ya me ocurrió en mi primer cativo impreso, “El Niño De Los Colores”, al cual tacho, precisamente, de ñoño.
No quiero, es más, me niego a renunciar a esos recuerdos, que no dejan de ser en cierta forma nuestro legado, llenos de momentos intensamente vividos, los que yo pedantemente, una vez desde esta tribuna, di a conocer a tu madre como los Kairós. Te veo a ti, a tu hermano y tu hermana ayudándome a colocar las bolitas, guirlandas y cordones de luces de colores entre intermitencias de risas y sonrisas de sana competencia fraternal para ver quién mejor y bello lo hacía; de la búsqueda del mejor musgo en los montes de Carracido para el mejor de los belenes; de los cantos graníticos de nuestra querida tierra; del serrín y virutas de los abuelos; del encuentro, en definitiva, contigo mismo y los tuyos.
Si comprase un árbol en los chinos, todo esto dejaría, de algún modo, de existir, porque sé que una vez que este se estropease (al primer año, sin dudarlo, porque así vienen diseñados) lo que haría – como todos –, sería tirarlo a la basura y comprar otro. Entonces, ¿adónde irían a parar los recuerdos? Seguramente al mismo cubo. Porque en cada ornamento que año tras año vamos conservando, guardamos un recuerdo; en cada luz que tintinea, una historia que contar; en cada reflejo, un “kairós” vivido… Ya que empecé esta, haciendo referencia al Facebook, leí no hace mucho, sin que pueda recordar en qué “estado” ni el autor del mismo, el siguiente párrafo, que venía a decir más o menos esto: “Alguien le preguntaba a una octogenaria que cómo habían, ella y su marido, conseguido mantenerse tanto tiempo unidos (cerca de 60 años ya). A lo que contestaba con ojos de sabiduría que sólo los años dan: “Verá, es que yo viví en una época en la que cuando una cosa se estropeaba, se arreglaba”.
Bueno hijo, ya no te doy más la lata, ni con el islam – como has podido comprobar – ni con mis furibundos ataques de añoranza. Sólo quería felicitarte por tu cumpleaños, y recuerda que, con él, todos los años, en casa, comienza la navidad.
Besos y abrazos de mamá y míos.
rpm’15
Euskadi-Galiza, decembro 2015
We miss you.








