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xxi
Amigo Mío.
«¡Eh, amigo!, ¿cómo estás esta mañana, recuerdas algo de lo que te ocurrió ayer?…» Ya sé que no te importa, que tú sigues a lo tuyo y pocas son las cosas que te distraen. Supongo que la fuerza de la costumbre te ha hecho así y que en ella te has acomodado. Tienes alternativas, por supuesto, pero nada quieres saber de ellas. Como todos, y como yo mismo, defendemos la rutina, aunque tantas veces desechada, es en la que tantas veces buscamos refugio, y nos da más miedo renovar que morir, porque tememos lo nuevo. Lo nuevo nos desconcierta, nos saca de nuestro ensimismamiento y nos arrebata el control. Un control que nunca tuvimos y jamás tendremos, pero que con la rutina creemos poseer. Sin embargo, algo deberíamos movernos y, en menor medida de lo deseable, casi todo el mundo lo hace. Y cuando hablo del «mundo» es del mío y, claro está, tú estás en él, y tú eres el que menos se mueve. No es que no puedas, es que no quieres. Te pareces a ese «Dr. Sheldon Cooper» de la serie televisiva «Big Bang», por la que apostaría nada sabes de la misma, porque nada sabes de lo que no sea pasa en «tu mundo».
«En tu mente ya lo pones todo tal como ha de ser…» Yo, por mi parte, lo he intentado y los resultados fueron los esperados y no por ello menos decepcionantes. Como al Coronel al que nadie le escribía, intenté mantener un intercambio mutuo y recíproco de conversaciones como estas, y tú te has rajado. Hasta pretendí que estos fueran inteligentes. Nada conseguí, sino el silencio.
Pero no desistiré en mi empeño, toda vez que la ocasión se me presente, como si de una de tus rutinas se tratase, insistiré en ello y el Coronel recibirá, en esos días señalados por las convenciones sociales que él tanto aborrece, su esperada carta. Esa en la que le recuerdan que todavía hay gente que se acuerda de él. Que aunque solo sea en esos días especialmente odiados, no dejan de formar parte de nuestra rutina vital y, de ella, amigo mío, difícilmente puedes escapar, porque siempre es bueno y hasta gratificante que alguien nos felicite, nos desee o pronuncie nuestro nombre.
«Ya sé que no te importa, tú tienes que seguir, tú debes conseguir…» Así te imagino yo defendiéndote, blandiendo argumentos como verdades absolutas. Solo las que a ti te interesan. Y dirás, «¡Sí, claro!, a qué otras, ¿si no?». Y creerás haber vencido. ¡Ay, amigo mío!, no te lo creas, porque ambos estamos equivocados. Yo por insistir y tú por desistir. Yo seguiré escribiendo al Coronel y este dará acuse de recibo con entrega al remitente. Se alegrará, tendrá un motivo para la reflexión en su soledad, pero nada le convencerá. Taciturno volverá a su ensimismamiento. Llegado la hora hasta se dignará tomar un café con quien le escribe, pero sin salirse nunca de su rutina: a su hora y en el mismo café… «¡Un café con leche!», y su camarera de siempre se lo servirá.
«En tus labios brilla una sonrisa que penetra en lo más hondo de mi ser…» Así te imagino, ahora, leyendo esto. Puede que meneado disconforme la cabeza, con gesto irónico y respuesta imaginaria sarcástica no exenta de cierto cinismo. Lo leerás, seguramente, mientras rutinariamente seguirás, entre las ondas de la red de redes, buscando el tema musical imposible.
Amigo mío, hoy me he acordado de ti. Por rutina, supongo. Porque cumplir años lo es, ¿o no?
rpm ‘15
Euskadi-Galiza, febreiro 2015.
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