Autor: rpintosmtnez

  • «CARTAS DESDE EUSKADI»

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    v

    Mi Muy Querida Hermana:

    Hete aquí que vienes a cumplir los cincuenta años de edad, el medio siglo de existencia, y no quisiera desaprovechar la ocasión para enviarte mis más sinceras y afectuosas felicitaciones, como es obvio.

          Sé que no es nada elegante ni caballeroso ni tan siquiera de recibo que, en esta efímera epístola, haga referencia a tu edad: la de una Señora y una Dama. Mis disculpas. Pero, entre tú y yo, bien sabemos que tales protocolos de comportamiento ya no son siquiera secundarios, sino inexistentes. Sería del todo inadecuado postular aquí que ambos estamos por encima de semejantes hipocresías, aunque, tal vez, al menos a lo que a mí concierne, el amor que te profeso hace que protocolos, ademanes, dichos y dimes y diretes no estén en segundo plano: simplemente no existen. La reciprocidad en este caso – y entre otros muchos más casos que nos ocupan – es indiscutible: es dogmática.

          Cincuenta años, y todavía te veo y te siento como en aquella ocasión – citando al más grande –, en un lugar lejano a nuestra tierra de crianza de cuyo nombre no quiero acordarme, creí, en mi infantil entendimiento sentimental, perderte; preguntando a todo cuanto ahí estaba presente, padres, tíos, primos, conocidos y sin conocer, muebles, caminos y senderos, dónde, quién o qué te había separado de mí. El desamparo más absoluto se apoderó de mí. Apareciste, claro. Y no éramos más que unos niños, pero lo que sentí entonces no tiene explicación con la simple imperfección del lenguaje hablado (que decir, entonces, del imprimido negro sobre blanco); es lo que siento hoy, ya adultos, toda vez que se me dispensa el privilegio y el honor de volver a verte, y, con todas las imperfecciones inherentes a cualquier forma humana, decirte: Te amo. Eres un ser hermoso tengas la edad que tengas.

          Llegados a este punto, uno empieza ya a hacer balance de sus cuentas, no las que debiera, pero es un comienzo. Sé que estoy perdonado porque sé quién eres, qué eres y cómo eres. No obstante, te lo imploro por todo cuanto aquello que consciente o inconscientemente te ha herido, te hiere y te herirá, por causas de mi acción u omisión sea de la procedencia que sea. No busco consuelo, sólo refugio.

          Soy consciente de la brevedad de estas líneas y quisiera observar un mayor poder de síntesis para poder expresar todo cuanto de emocional se me aparece en tan poco espacio. Pero si de ello se trata, pocos me ganarán en lo intenso.

          Así que me despido con lo último expuesto, a ver si cuela, y pueda transmitir lo pretendido: felicidades de parte de tu hermano que te quiere.

          Afectuosamente tuyo,

    rpm ‘13

    Euskadi-Galiza, maio 2013

    P.D.: Cincuenta años, medio siglo y sigues siendo Olguita.

  • «CARTAS DESDE EUSKADI»

    Blog
    IV

          Un año ha que, por última vez, le he escrito. Un año, sin prisa y sin pausa. El tiempo, Mi Señora, ese gran aliado amigo y enemigo, juez y parte, que toma y da, que topa su sitio y nos pone en él.

    No es propósito de esta mi humilde misiva disertar acerca del tiempo, Mi Señora, ni aburriros con mi cháchara sobre el mismo – aunque tengo la impresión de que es prácticamente imposible eludirle, mismo de forma indirecta o involuntaria – sino de poneros al corriente, si Usted tiene a bien, de mi intención de llevar a cabo la idea y el hecho de que, en cada fecha de vuestro aniversario, de ahora en los sucesivos, me permita, dedicaros unos renglones de mi poco virtuoso y locuaz dominio del lenguaje escrito, sin perjuicio de ponerlo en práctica, entremedios , – y deberá excusar mi lenguaje –, tantas veces como me plazca y me dé la gana. Porque sé que a ti, Ana, te gusta.

          No es mi intención convertir lo expuesto en una norma, ni muchos en una costumbre, ni nada más lejos que en una rutina. Usted bien sabe, Mi Señora, que ni la norma ni la costumbre y menos la rutina han sido norma, costumbre o rutina en mi vida y, por ende, en la vuestra y, si acaso, inesperadamente, sin invitación se personó ante nosotros, como buenos anfitriones ante huéspedes indeseados, los hemos obviado y por aburrimiento siempre nos han abandonado. Ante la pregunta de mentes febriles y corazones obtusos de, ¿cómo hemos conseguido estar tanto tiempo y tan bien unidos, a pesar de este último? He ahí una de las respuestas, mejor dicho, de las razones. Hay más. Pero ésta es una de las principales. Sí, Mi Señora, no nos hemos acostumbrado el uno al otro – a pesar del tiempo – ni hemos convertido nuestro amor en una rutina, ni le hemos impuesto norma alguna, porque de ellas la vida está llena. Tú bien sabes de lo que hablo, Ana, y te reitero: no nos hemos acostumbrado el uno al otro, nos hemos unido el uno al otro. Porque dos, no son siempre uno más uno.

          Y así nos ha ido, ¿verdad amor mío? Pues, en honor a esa misma verdad – y disculpe nuevamente mi lenguaje – ¡me importa un carajo! He vivido plenamente con Usted y vivo plenamente contigo. Contigo y con los míos. Con tus hijos y mis hijos. Con los nuestros. Puede que sin costumbres ni rutinas y hasta sin normas, pero con amor. Sí, esto último que tantas veces se profana. He amado y me he sentido amado. Amo y me siento amado. Amaré y me sentiré amado. Haya pasado el tiempo que haya pasado… Hablando del mismo, hace poco estuvieron por aquí «los ojos»– sabe a quién me refiero, ¿verdad? – y su mirada se paseó por entre Usted y yo y dentro de nosotros henchidos de orgullo y, apenas en un susurro, nos confesó su añoranza. Sin que al tiempo le diera tiempo instalarse, antes mismo de que partiesen «aquéllos», ya sentíamos, como buenos gallegos, «saudades» de los mismos. No por norma, ni costumbre, ni rutina: por amor.

          Ya ve, Mi Señora, empecé esta corta y humilde misiva advirtiéndole del no propósito de disertar acerca del tiempo e, inevitablemente, acabé hablando del mismo, y no por norma, que las impone él mismo, ni por costumbre ni rutina si no huyes de él.

          Con el tiempo por norma y costumbre, instaladas por rutina, se dice aquello de: «Hoy te amo más que ayer y menos que mañana» que, en este caso, sería, «más que hace un año y menos que dentro de un año». Pues yo la amo, sin más y sin menos.

          Sin otro particular, quiero despedirme de Usted/Tú, Mi Señora/Ana, no sin antes aprovechar la ocasión de desearle/te un feliz cumpleaños.

    Afectuosamente, suyo/tuyo.

    rpm ‘13

    Euskadi-Galiza, abril 2013

  • «A quien corresponda»

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    III

    Delitos legal, legítimo y moral

    «La burguesía se ha dado buenas trazas para que todas las actividades y capacidades sociales concurran a la caza de la riqueza». Ha sentado como axioma que para ser buen político, empresario, banquero o para la práctica de cualquier poder es un estorbo la abundancia de conocimientos. «Ha reducido a máquinas de trabajo a los productores. Ha convertido en sirvientes a los artistas, intelectuales y hombres de ciencia. Ha suprimido al hombre sustituyéndolo por el muñeco automático. El resultado ha sido fatalmente la multiplicación de las nulidades con dinero. Nos gobiernan los imbéciles». Los que delinquen legal, legítima y moralmente. «El triunfo es totalmente suyo».

    La delincuencia legal es harto conocida. Pulula sin vergüenza y con total descaro, es omnipresente, despreciando cualquier atisbo de honradez con argumentos torticeros maquiavélicamente inducidos por los poderes «in-divididos» de las nuevas sociedades globalizadas. De aquéllos y de quienes los sustentan. En cuanto a la legítima, es consecuencia de la legal: que sea precisamente esto último, no quiere decir que sea legítimo. Ante todo debe imponerse la legalidad moral con la que también trafican sin costes de aduanas ni aranceles tributarios, sino más bien con métodos inmundos y barriobajeros. No mienten, ¡que sí lo hacen!, no omiten, ¡que sí lo hacen!, no engañan, ¡que sí lo hacen!, sino que, lo que en resumen hacen es, manipular. ¡Son los magos de la manipulación! El delito en el que más recaen y que todos ellos más cometen es el de la prevaricación. A sabiendas de que están delinquiendo siguen indolentes y obturados metidos entre sagas de corrupciones en cuevas de ladrones. «No es necesario repetir que se llama ladrón al que se apodera de algo que necesita y hombre honrado al que diariamente sustrae a los demás hombres que para él trabajan una parte considerable del valor de su trabajo».

    «La moral de los códigos y de las leyes es una moral de malvados. Supone y reconoce las mayores monstruosidades voluntarias». Con ellas y por ellas. Primero con la religión y luego con la política, pero con el miedo como estandarte. Está presente a lo largo y ancho del mensaje educativo. Es cautivador y en él nos refugiamos con demasiada frecuencia y, sino, nos empujan al libre albedrío, que no a la libertad. Del esclavo al feudalismo hasta llegar al explotado del capital, pasando por entre otras etapas subordinas y dirigidas siempre al control de las masas, al adiestramiento y aleccionamiento del rebaño por los pastores del miedo ¡O es que acaso ignoramos que «son los maestros de la charlatanería política y social los que conocen y manejan bien los resortes de la sencillez popular!¡Los que hablan elocuentemente a los atavismos heroicos que hacen del pobre el perro guardián del rico!¡Los que despiertan los convencionalismos rancios de la honradez servil, de la lealtad humillante, y cuando la rebeldía popular estalla, la historia magnánima consigna la santa virtud revolucionaria que guarda los bancos, las grandes propiedades, los personajes del rebaño y fusila al miserable que cree llegada la hora de comer y abrigarse!»

    «Nuestro asombro en las grandes crisis, es nuestra acusación». Somos reos de culpabilidad impuesto por los Tribunales del Medio. Y cuanto más pequeños seamos y más miedo tengamos, más culpables seremos. Nos acusamos y acusamos, sin elementos de juico ni juicio de valores, henchidos de perjuicios y prejuicios todos ellos vástagos del miedo amparado en el orgullo. El orgullo del pobre que se ve sin remedio abocado al miedo presente desde la leche y la lengua maternas. Esta es nuestra hipoteca, y cuando por fin creemos tenerla saldada nos recuerdan que es vitalicia, engendrada en el pecado original, castigándonos con las siete plagas. Una de crisis. Si no se producen se inventan y hasta se crean acusando y acusándose a las clases menos favorecidas de las sociedades.

    Hete aquí los grandes delitos. El delito moral del miedo legalizado convertido en legítimo. Sustentados, camuflados y, lo que es peor, amparados por la legalidad envestida de legitimidad, otorgada y justificada por los poderes públicos subordinados y subyugados a intereses particulares de imposición moral, a saber: los Poderes Legislativo, Ejecutivo y Judicial. La norma es consecuencia del hábito y la moral que, una vez consensuada, debe ser ejecutada ante los preceptos de la justicia.

    rpm’13

    Galiza-Euskadi, febreiro 2013

  • «CARTAS DESDE EUSKADI»

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    II

    Mi Muy Amada Hija.

    Hoy hace veinticinco años que naciste. Es, como puede deducirse, tu vigésimo quinto aniversario. Has cumplido ya un cuarto de siglo… suena distinto, ¿verdad? Has dejado atrás, según la ciencia, la adolescencia. Eres ya una adulta… toda una mujer, y estas pocas palabras aquí expuestas y mal compuestas, no tienen más objeto que el felicitarte: ¡FELICIDADES, HIJA!

    Eres ya una mujer adulta… Tiraré de tópico – como hasta ahora – y de frase hecha: ¡parece que fue ayer! Pues ya ves, a estos tópicos y frases hechas les pasa como al refranero: en muchos casos aciertan. Y este es el caso. Sí, fue ayer cuando te vi nacer y ya entonces quise decirte tantas cosas que no se me ocurrió ninguna; estaba, creo yo, con la certeza de lo demasiado ocupado que estaba con el profundo amor que me embargaba y que me embarga todavía. Es tremendamente difícil o, al menos, así lo es para mí – con la indefinición e imperfección del lenguaje humano en cualquiera de sus idiomas, cuando tales emociones invaden todo tu ser, agolpándose dentro de ti a empujones y, como dirías tú a tus veinticinco años, “de subidón” –, expresar oralmente lo que sientes. ¡Quieres hablar, besar, morder, gritar… y todo a la vez! Y nada haces. Pero eres feliz. Si la felicidad es un estado de ánimo, es fácil: cuando esta no acude a mí, pienso en ti, te recuerdo, te imagino.

    Luego creces… y aquí, otra vez, volveré – como puedes observar, no soy muy ducho en inventar nuevas frases ni nada que se le parezca, a no ser que, al querer decirte una vez más tantas cosas, me vuelva a embargar el profundo amor que te profeso – a tirar de tópico: ¡los hijos crecéis demasiado aprisa! O quizá, seamos nosotros los adultos los que vivimos – si eso es vivir – demasiado aprisa. Y quise decirte tantas cosas que, a tanta velocidad, no fui capaz; bueno, en realidad, se me escapó el tiempo, me quebró, se me adelantó y le dejé huir. Cuando por fin creí alcanzarte – si es que alguna vez lo hice – quise decirte tantas cosas que nada pude pronunciar. Supongo que fue debido al resuello… ¡pero tenía tantas cosas que decirte!…

    Y ya ves, ya tienes veinticinco años, un cuarto de siglo. La niñez ya es un recuerdo y atrás has dejado la adolescencia. Entras como mujer en la edad adulta y yo sigo queriendo decirte tantas cosas que, ahora mismo, siquiera a través de estas breves palabras, nada se me ocurre. Nada que no sea el expresarte, si es que en negro sobre blanco pueda expresarse, el profundo amor que te profeso. Ese que me embargó el día de tu nacimiento y el que me embargará el día de mi yacimiento. Otro tópico más: te amé desde el mismo día en el que naciste y te amo hoy en el mismo que has cumplido. Y te amaré. Te amaré eternamente.

          Sé que quise decirte tantas cosas y nada te he dicho – por cierto, ni a ti ni a tus hermanos –, pero ya que me he puesto a escribirte estas pocas líneas, te diré lo que mi corazón siente, mi mente piensa y este torpe y pobre manuscrito no logra describir: eres fruto del amor, sangre de mi sangre, vida de mi vida. Nada me separará de ti. Eres mi camino hacia la eternidad, por ello tienes mi amor a perpetuidad.

          Tenía tantas cosas que decirte que lo único que se me ocurre es decirte lo que tú siempre has sabido y que jamás has puesto en duda: el profundo amor que te profeso. Es un tópico: soy tu padre. Supongo que es el momento de despedirme. Sé que nada te he dicho y si acaso nada nuevo, aunque en verdad, esto tan solo ha sido un medio para alcanzar mi fin, una excusa para tan solo y tanto decirte: ¡Te amo hija mía!, ¡felicidades Almudena!

    rpm ’13

    Euskadi-Galiza, marzo 2013.

  • «CARTAS DESDE EUSKADI»

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    I

    ***

    Mi Muy Sra. Mía.

          Sin temor a que estas pocas palabras puedan hacerse públicas y que, además, convendrá conmigo – disculpando mi vulgar lenguaje –, a estas alturas de curso, poco o nada pueda avergonzarnos, porque todo tenemos y nada debemos en materia y concepto de sentimientos.

    ​Tiempo ha, Mi Señora, de nuestro enamoramiento, de nuestra cercana pasión visceral y que, todavía hoy, perdura irracional, incontrolable, profunda e instalada a perpetuidad hasta el tuétano y la médula espinal. Porque quizá, Mi Señora, hayamos creado, no ya un amor eterno, sino inmortal.

           ¿Recuerda? Éramos unos críos, sin mayoría de edad, y supimos… más bien Usted, Mi Señora, supo que lo emprendido entre ambos no iba a ser fruto perecedero, sino empaque sin fecha de caducidad. Y a esto último me refiero, Mi Señora, a lo que el tiempo quita y da, lo que propone y descompone, siendo, en este caso, el nuestro, testigo mudo e imparcial de justa verdad: solo dio y propuso, sin quitar ni descomponer. Nos propuso el enamoramiento para darnos pasión y nos dio el amor para proponernos el respeto. El amor y el respeto que le profeso, la pasión que me devora y el enamoramiento que perdura.

          El tiempo, Mi Señora, rápido y fugaz, veloz y sigiloso. ¿Cuántos años han pasado ya?… No, no lo diré… me quedo con haberlos vivido, y digo bien, ¡vivido! Me quedo con ellos, Mi Señora, ¿Usted no?… Sí, claro que sí. ¿Cuánto hemos aprendido juntos en tantos años y tampoco tiempo? ¿Cuánto ha sucedido?… Todo. Y es todo cuanto quiero.

          No hay nada más, Mi Señora, porque todo aquel que haya vivido sin haber amado sin concesión alguna a nada que no sea amor, no ha vivido realmente. Hay a quienes la vida pasa por ellos y quienes pasan por la vida. Y me preguntará, Usted, entonces, Mi Señora, ¿qué es el amor? Pues ciertamente, no lo sé. Pero creo, sin que pueda pacerle un pedante, que se aproxima mucho a lo que yo siento por usted.

          Y tú te preguntarás por qué te trato de Usted y te llamo Mi Señora. Y esta vez, sí, aunque te parezca un pedante, te lo explicaré. ¡Y vaya pedantería! Eres, Mi Señora, por ser quien eres, Ana, por lo que eres y, Mi Esposa, por lo que significas: Amor y Respeto. Te amo por ser quien eres, Ana, te respeto por lo que significas, Mi Esposa, y ambas cosas por lo que eres: Mi Señora. Te trato de Usted por respeto y de tú por amor, por respeto a ti y amor a Usted.

          Y con esto me despido, Ana/Mi Señora:

          Dicen que el Hombre es el único animal que bebe sin tener sed y come sin tener hambre… y no se sabe por qué… Al igual que ama… y no sabe por qué… o al menos yo.

          Sin otro particular, permítame aprovechar la ocasión para enviarle, que es lo que en definitiva quería expresarle, mi más profundo, sincero y afectuoso: TE AMO.

    Atentamente, siempre suyo/tuyo

    rpm ’12

    Euskadi-Galiza, a 13 de abril de 2012