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Mi Muy Amado Hijo.
Como cada año y por estas fechas, como viene siendo costumbre desde un tiempo a esta parte, me dispongo a departir contigo en unas breves líneas negro sobre blanco y a través de este medio que todavía hoy me tiene embelesado por mi falta de entendimiento y comprensión del mismo. Y ya sabes, cuando algo no entendemos le echamos culpa a la magia o, cuando no, a los dioses.
Engañarnos con mentiras es tan fácil.
Me alegra saber que tú maltratado espíritu por fin va recobrando la normalidad. Que lo que se mostraba como insuperable fue deshaciéndose como pan duro en remojo; que el lacerante dolor – que todavía no ha remitido del todo – de corazón roto fue diluyéndose como azucarillo en café, como aspirina entre paredes intestinales, ahí, donde el dolor es más perseverante; que lo que semejaba con destruirte, te renovó mejor y más fuerte, como ostras para el primer hambriento, que desconociendo de lo que se trababa, se tragó la mucosidad, como lo que anidamos como orgullo no renazca en rencor, que lo que parecía perdido, en realidad, todavía está por encontrarse, como lo hace todo bien que se hace esperar.
No temas: los miedos reservados están para los cobardes.
Mi certeza es absoluta cuando creo en ti. Nada más has necesitado que tú también lo hicieses y tiempo, ese que todos desdeñamos pero que siempre acaba poniéndonos en el sitio que nos corresponde. Tiempo y la paciencia que él mismo te otorga para digerir, pensar, reflexionar, cerrar y cicatrizar. El reposo paciente del convaleciente para que se desprenda del vaso medio vacío, ni se preocupe del medio lleno, porque bien sabe que superada la sed ya nada importará. Como la paz que se vislumbra entre tanta oscuridad, has vencido sin derrotas y sin perdedores. Hay heridas, cicatrices y más que tardarán en curar y que sólo los fuertes como tú superan.
Estás de vuelta, como siempre, dispuesto a amar y ser amado.
No te atormentes más, se tú mismo, ese que todos conocemos, con tus defectos, cómo no, pero con esas virtudes con las tan bien ocultas a aquéllos. Con lo que te ha caracterizado: la singularidad y ese punto sin igual de hacerte con el liderazgo. Ese que creo que, con esta maldita situación en que élites interesadas nos han sumido, has ido perdiendo como sin querer. ¡Rebélate!, como te rebelabas ante la autoridad injusta, la intolerancia y el abusón. ¡Despiértate de tu letargo!, y como Lázaro, levántate y anda. Y no te detengas. Habrá paradas, con estaciones mejores o peores, pero todas te ofrecerán oportunidades. No dejes que ellas te superen y, si nada de ellas en limpio sacas, abandónalas y sigue tu camino. Nada tienes, nada debes, si no el dignificarte como ser humano. Aprende todo cuanto puedas y ve siempre con la verdad, ella, como es bien sabido, te hará libre. Y no te olvides que, aunque nadie lo sienta o lo vea, sin embargo, esto se mueve.
Así que… aplícate el cuento.
Eres Bruno, mi hijo, y con eso está dicho todo
No quiero aburrirte más con mi soliloquio a pesar de lo dicho de departir tú y yo. No me hagas mucho caso, pero si de alguna manera de algo te sirven mis palabras, ya habrán sobradamente cumplido con su cometido. Yo me sentiré feliz por útil, y orgulloso de ti.
Tu padre que te quiere.
rpm ‘15
Euskadi-Galiza, xaneiro 2015
P.D.: Feliz cumpleaños, hijo, te deseamos mamá y yo.

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