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Mi Muy Querida Hermana:
Hete aquí que vienes a cumplir los cincuenta años de edad, el medio siglo de existencia, y no quisiera desaprovechar la ocasión para enviarte mis más sinceras y afectuosas felicitaciones, como es obvio.
Sé que no es nada elegante ni caballeroso ni tan siquiera de recibo que, en esta efímera epístola, haga referencia a tu edad: la de una Señora y una Dama. Mis disculpas. Pero, entre tú y yo, bien sabemos que tales protocolos de comportamiento ya no son siquiera secundarios, sino inexistentes. Sería del todo inadecuado postular aquí que ambos estamos por encima de semejantes hipocresías, aunque, tal vez, al menos a lo que a mí concierne, el amor que te profeso hace que protocolos, ademanes, dichos y dimes y diretes no estén en segundo plano: simplemente no existen. La reciprocidad en este caso – y entre otros muchos más casos que nos ocupan – es indiscutible: es dogmática.
Cincuenta años, y todavía te veo y te siento como en aquella ocasión – citando al más grande –, en un lugar lejano a nuestra tierra de crianza de cuyo nombre no quiero acordarme, creí, en mi infantil entendimiento sentimental, perderte; preguntando a todo cuanto ahí estaba presente, padres, tíos, primos, conocidos y sin conocer, muebles, caminos y senderos, dónde, quién o qué te había separado de mí. El desamparo más absoluto se apoderó de mí. Apareciste, claro. Y no éramos más que unos niños, pero lo que sentí entonces no tiene explicación con la simple imperfección del lenguaje hablado (que decir, entonces, del imprimido negro sobre blanco); es lo que siento hoy, ya adultos, toda vez que se me dispensa el privilegio y el honor de volver a verte, y, con todas las imperfecciones inherentes a cualquier forma humana, decirte: Te amo. Eres un ser hermoso tengas la edad que tengas.
Llegados a este punto, uno empieza ya a hacer balance de sus cuentas, no las que debiera, pero es un comienzo. Sé que estoy perdonado porque sé quién eres, qué eres y cómo eres. No obstante, te lo imploro por todo cuanto aquello que consciente o inconscientemente te ha herido, te hiere y te herirá, por causas de mi acción u omisión sea de la procedencia que sea. No busco consuelo, sólo refugio.
Soy consciente de la brevedad de estas líneas y quisiera observar un mayor poder de síntesis para poder expresar todo cuanto de emocional se me aparece en tan poco espacio. Pero si de ello se trata, pocos me ganarán en lo intenso.
Así que me despido con lo último expuesto, a ver si cuela, y pueda transmitir lo pretendido: felicidades de parte de tu hermano que te quiere.
Afectuosamente tuyo,
rpm ‘13
Euskadi-Galiza, maio 2013
P.D.: Cincuenta años, medio siglo y sigues siendo Olguita.
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