Blog
IV
Un año ha que, por última vez, le he escrito. Un año, sin prisa y sin pausa. El tiempo, Mi Señora, ese gran aliado amigo y enemigo, juez y parte, que toma y da, que topa su sitio y nos pone en él.

No es propósito de esta mi humilde misiva disertar acerca del tiempo, Mi Señora, ni aburriros con mi cháchara sobre el mismo – aunque tengo la impresión de que es prácticamente imposible eludirle, mismo de forma indirecta o involuntaria – sino de poneros al corriente, si Usted tiene a bien, de mi intención de llevar a cabo la idea y el hecho de que, en cada fecha de vuestro aniversario, de ahora en los sucesivos, me permita, dedicaros unos renglones de mi poco virtuoso y locuaz dominio del lenguaje escrito, sin perjuicio de ponerlo en práctica, entremedios , – y deberá excusar mi lenguaje –, tantas veces como me plazca y me dé la gana. Porque sé que a ti, Ana, te gusta.
No es mi intención convertir lo expuesto en una norma, ni muchos en una costumbre, ni nada más lejos que en una rutina. Usted bien sabe, Mi Señora, que ni la norma ni la costumbre y menos la rutina han sido norma, costumbre o rutina en mi vida y, por ende, en la vuestra y, si acaso, inesperadamente, sin invitación se personó ante nosotros, como buenos anfitriones ante huéspedes indeseados, los hemos obviado y por aburrimiento siempre nos han abandonado. Ante la pregunta de mentes febriles y corazones obtusos de, ¿cómo hemos conseguido estar tanto tiempo y tan bien unidos, a pesar de este último? He ahí una de las respuestas, mejor dicho, de las razones. Hay más. Pero ésta es una de las principales. Sí, Mi Señora, no nos hemos acostumbrado el uno al otro – a pesar del tiempo – ni hemos convertido nuestro amor en una rutina, ni le hemos impuesto norma alguna, porque de ellas la vida está llena. Tú bien sabes de lo que hablo, Ana, y te reitero: no nos hemos acostumbrado el uno al otro, nos hemos unido el uno al otro. Porque dos, no son siempre uno más uno.
Y así nos ha ido, ¿verdad amor mío? Pues, en honor a esa misma verdad – y disculpe nuevamente mi lenguaje – ¡me importa un carajo! He vivido plenamente con Usted y vivo plenamente contigo. Contigo y con los míos. Con tus hijos y mis hijos. Con los nuestros. Puede que sin costumbres ni rutinas y hasta sin normas, pero con amor. Sí, esto último que tantas veces se profana. He amado y me he sentido amado. Amo y me siento amado. Amaré y me sentiré amado. Haya pasado el tiempo que haya pasado… Hablando del mismo, hace poco estuvieron por aquí «los ojos»– sabe a quién me refiero, ¿verdad? – y su mirada se paseó por entre Usted y yo y dentro de nosotros henchidos de orgullo y, apenas en un susurro, nos confesó su añoranza. Sin que al tiempo le diera tiempo instalarse, antes mismo de que partiesen «aquéllos», ya sentíamos, como buenos gallegos, «saudades» de los mismos. No por norma, ni costumbre, ni rutina: por amor.
Ya ve, Mi Señora, empecé esta corta y humilde misiva advirtiéndole del no propósito de disertar acerca del tiempo e, inevitablemente, acabé hablando del mismo, y no por norma, que las impone él mismo, ni por costumbre ni rutina si no huyes de él.
Con el tiempo por norma y costumbre, instaladas por rutina, se dice aquello de: «Hoy te amo más que ayer y menos que mañana» que, en este caso, sería, «más que hace un año y menos que dentro de un año». Pues yo la amo, sin más y sin menos.
Sin otro particular, quiero despedirme de Usted/Tú, Mi Señora/Ana, no sin antes aprovechar la ocasión de desearle/te un feliz cumpleaños.
Afectuosamente, suyo/tuyo.
rpm ‘13
Euskadi-Galiza, abril 2013
Deja una respuesta