Categoría: Aqc

  • «A quien corresponda»

    VII


    «Un Lugar Entre El Olvido Y Ninguna Parte»

    Un lugar entre el olvido y ninguna parte. En ninguna parte del olvido que nos lleva a ningún lugar.

    Somos pasado y nos empeñamos en pensar en futuro que no está, que no va a ninguna parte. Somos el olvido en algún lugar que parte hacia un futuro en el que creemos que lo pasado, pasado está. Pero somos pasado. Pasado de una parte de todo y de todo una parte. Nunca volveremos a ser lo que somos ahora, a hacer lo que hacemos ahora, a escribir lo que escribo ahora. Este mismo ahora, ya no lo es, es pasado. Ahora mismo, pasado está. Nunca seremos lo que fuimos pero somos consecuencia de lo que éramos.

    Somos un lugar en el olvido parte del todo del pasado de todo un parte pasado. Somos el futuro que nos dicta el pasado, fruto de nuestro olvido, presente de nuestro pasado, futuro de nuestro presente. Presentemos nuestro pasado para emprender nuestro futuro.

    Nada haremos mañana de lo que no hayamos decidido hoy tomado del ayer. Sé quien soy hoy porque sabía quien era ayer y sabré quién seré mañana. No soy hoy sin ayer ni mañana sin hoy. No soy presente sin pasado ni futuro sin presente. Es obvio: somos pasado, no hay presente sin él ni futuro sin aquél. La decisión que tomo ahora, ya es pasado en un futuro en la que la ejecutaré.

    Un lugar entre el olvido y ninguna parte. Pasado, presente y futuro: el que conocemos, el que creemos conocer y el que pretendemos conocer. El olvido que conocemos y ninguna parte que creemos y pretendemos conocer. Y, sin embargo, procede del mismo lugar, del mismo sitio que nos indica que está ahí, entre el olvido y ninguna parte, de ninguna parte del olvido. Del olvido al que condenamos nuestro pasado al que no podemos condenar sin condenarnos, porque condenados estamos a ser nuestro pasado, el que condena nuestro presente y condenará nuestro futuro. Y si por fin llegas a ese lugar entre el olvido y ninguna parte, es que ya no tienes pasado y, sin él , no soy yo, no sé quién soy, no eres tú, no somos quienes decimos ser.

    Dicen que el pasado , pasado está. Si no está es que queremos olvidar. Si queremos olvidar, olvidaremos y caeremos en el olvido. No quiero caer en el olvido. No quiero estar en ese lugar ni estar en ninguna parte. No quiero ser olvido, quiero mi pasado. Quiero ser yo.

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    Euskadi-Galiza, febreiro 2013

  • «A quien corresponda»

    VI

    Delitos legal, legítimo y moral

    «La burguesía se ha dado buenas trazas para que todas las actividades y capacidades sociales concurran a la caza de la riqueza». Ha sentado como axioma que para ser buen político, empresario, banquero o para la práctica de cualquier poder es un estorbo la abundancia de conocimientos. «Ha reducido a máquinas de trabajo a los productores. Ha convertido en sirvientes a los artistas, intelectuales y hombres de ciencia. Ha suprimido al hombre sustituyéndolo por el muñeco automático. El resultado ha sido fatalmente la multiplicación de las nulidades con dinero. Nos gobiernan los imbéciles». Los que delinquen legal, legítima y moralmente. «El triunfo es totalmente suyo».

    La delincuencia legal es harto conocida. Pulula sin vergüenza y con total descaro, es omnipresente, despreciando cualquier atisbo de honradez con argumentos torticeros maquiavélicamente inducidos por los poderes «in-divididos» de las nuevas sociedades globalizadas. De aquéllos y de quienes los sustentan. En cuanto a la legítima, es consecuencia de la legal: que sea precisamente esto último, no quiere decir que sea legítimo. Ante todo debe imponerse la legalidad moral con la que también trafican sin costes de aduanas ni aranceles tributarios, sino más bien con métodos inmundos y barriobajeros. No mienten, ¡que sí lo hacen!, no omiten, ¡que sí lo hacen!, no engañan, ¡que sí lo hacen!, sino que, lo que en resumen hacen es, manipular. ¡Son los magos de la manipulación! El delito en el que más recaen y que todos ellos más cometen es el de la prevaricación. A sabiendas de que están delinquiendo siguen indolentes y obturados metidos entre sagas de corrupciones en cuevas de ladrones. «No es necesario repetir que se llama ladrón al que se apodera de algo que necesita y hombre honrado al que diariamente sustrae a los demás hombres que para él trabajan una parte considerable del valor de su trabajo».

    «La moral de los códigos y de las leyes es una moral de malvados. Supone y reconoce las mayores monstruosidades voluntarias». Con ellas y por ellas. Primero con la religión y luego con la política, pero con el miedo como estandarte. Está presente a lo largo y ancho del mensaje educativo. Es cautivador y en él nos refugiamos con demasiada frecuencia y, sino, nos empujan al libre albedrío, que no a la libertad. Del esclavo al feudalismo hasta llegar al explotado del capital, pasando por entre otras etapas subordinas y dirigidas siempre al control de las masas, al adiestramiento y aleccionamiento del rebaño por los pastores del miedo ¡O es que acaso ignoramos que «son los maestros de la charlatanería política y social los que conocen y manejan bien los resortes de la sencillez popular!¡Los que hablan elocuentemente a los atavismos heroicos que hacen del pobre el perro guardián del rico!¡Los que despiertan los convencionalismos rancios de la honradez servil, de la lealtad humillante, y cuando la rebeldía popular estalla, la historia magnánima consigna la santa virtud revolucionaria que guarda los bancos, las grandes propiedades, los personajes del rebaño y fusila al miserable que cree llegada la hora de comer y abrigarse!»

    «Nuestro asombro en las grandes crisis, es nuestra acusación». Somos reos de culpabilidad impuesto por los Tribunales del Medio. Y cuanto más pequeños seamos y más miedo tengamos, más culpables seremos. Nos acusamos y acusamos, sin elementos de juico ni juicio de valores, henchidos de perjuicios y prejuicios todos ellos vástagos del miedo amparado en el orgullo. El orgullo del pobre que se ve sin remedio abocado al miedo presente desde la leche y la lengua maternas. Esta es nuestra hipoteca, y cuando por fin creemos tenerla saldada nos recuerdan que es vitalicia, engendrada en el pecado original, castigándonos con las siete plagas. Una de crisis. Si no se producen se inventan y hasta se crean acusando y acusándose a las clases menos favorecidas de las sociedades.

    Hete aquí los grandes delitos. El delito moral del miedo legalizado convertido en legítimo. Sustentados, camuflados y, lo que es peor, amparados por la legalidad envestida de legitimidad, otorgada y justificada por los poderes públicos subordinados y subyugados a intereses particulares de imposición moral, a saber: los Poderes Legislativo, Ejecutivo y Judicial. La norma es consecuencia del hábito y la moral que, una vez consensuada, debe ser ejecutada ante los preceptos de la justicia.

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    Galiza-Euskadi, febreiro 2013

  • «A quien corresponda»

    v

    O afastamento, vela cousas dende certa distancia – sexa cal sexa en calquera das súas acepcións – non outorga ningunha vantaxe, pero, concordarán comigo, que si concede unha visión distinta, unha perspectiva menos contaminada da que temos perante os ollos. O bo lector saberá que isto non é para nada da miña colleita, que de todos é ben coñecido, máis non por iso non deixa de ser certo.

    Levo xa uns anos – máis dos que a min me gustaría – fora de Galiza. Non entrarei, por non aburrirvos, nas causas que me levaron no seu día a afastarme de meu lar. Nada extraordinario nunha terra acostumada dende tempos inmemoriais a ve-lo seus fillos e fillas abandoa-la – a maior parte forzosamente – por outras de promisión.

    A última vez que volvín camiñar pola miña terra, foi este verán. O mesmo día que me achegaba a ela dende a meseta castelá, o entrar nela, sobre todo o achegarme a costa, comenteille a miña dona que estaba a percibir un forte cheiro a eucalipto. Pode que non sexa o máis enxebre dos cheiros entre os miles dos mesmos que se poden cheirar na Galiza, pero foi o primeiro que as miñas fosas nasais percibiron e, se e miña dona non me saca do meu erro, creo que, as dela, tamén.

    Esta percepción olfactiva convidoume a que os meus demais sentidos estiveran máis atentos, como en alerta. Por non me estendere en demasía coas cuestións sensoriais, irei ao que máis nos identifica como pobo: a nosa lingua. Dela, o que máis lle chama a atención a todo aquel que nos visita e, sobre todo, nos escoita, e o acento, máis cando un de nos trócaos polos máis duros vidos de Castela. Se o cheiro a eucalipto non é o máis enxebre dos cheiros que identifican a Galiza, o acento, dende logo, si que o é como parte intrínseca de ser galego. Aínda así, é o centro de tódalas risas mal intencionadas de todos aqueles que non nos atenden nin entenden.

    Por desgraza, agora que as circunstancias obríganme falar noutra lingua que non é a miña e a escoitar do mesmo xeito, cando oio falar neses patrios acentos envoltos en anxélicos alentos parece que escoito un canto de ceo, parafraseando a Eduardo Pondal, non poido máis que deixarme enlear polas saudades. A morriña galega non é unha lenda urbana, é unha realidade incontestábel.

    Ao que vou, o que quero dicir, é que, cando un fala nunha lingua, sexa a que sexa, ten que senti-la, vivi-la, e o acento forma parte da mesma e dese sentimento. Este mesmo é o que escoito cando me fala un dos meus paisanos: meu irmán, miña nai ou meu pai. Emporiso, daqueles que deberan dar exemplo, non no escoito, non.

    Cando oio falar – mellor dito, parlamentar – a eses homes y mulleres – sempre existen excepcións – que aspiran a gobernarnos, a marca-la pauta da nosas vidas, e que máis dun deles e delas acadanno, entón si que escoito eses duros acentos de Castela. Nun galego enlatado – como as risas – aprendido a sombra de linguas estranxeiras, de presa e correndo, pretenden que os entendamos cando eles ou elas case que sempre non nos atenden.

    Esquecen as formas fonéticas, os verbos e as verbas, castelanizándoo todo e ocultando das mellores das formas o acento, non vai a ser que os, ou as, tomen por un de nos e por inculto. É patético oí-los parlamentar no noso idioma nese pazo do «canastro» que seica nos representa a todos. O malo é que, como presuntamente son o exemplo a seguir, contaxian, ou mellor dito, contaminan todo canto atinxen cos seus duros acentos casteláns. E o peor: como presuntos exemplos a seguir, deduzo que non só na forma de falar os emulamos, senón que tamén noutras facetas que non teñen ren de exemplares. Non me estraña, polo tanto, que sexan sempre case os mesmos os que nos representan.

    Nada de malo hai en ser conservador, pero está claro que aquel que quere conservar é porque ten algo que conservar. E, normalmente, son intereses que moitas veces non son dignos desa mesma conservación. Son, cando menos, pouco edificantes. Pan para hoxe e fame para mañá de estómagos agradecidos. En vez de conservar o que de verdade debería importar, que é a nosa lingua, por exemplo, conservamos o que deberíamos continuamente cambiar. Facerlles sentir que a «poltrona» non é para sempre nin en balde; que quen a fai a paga; que quen rouba e se corrompe terá que render contas; que quen se serve en vez de servir deixarao de facer; que quen minte non chegara moi lonxe; que quen se crea superior sexa rebaixado a igualdade; que ocuparse dos demais non é cuestión menor; que quen ten a responsabilidade de gobernar ou de calquera outra forma de poder, non só exerza este ultimo – é o de menos –, senón que acorde as políticas máis convenientes que no son máis que as do pobo, polo pobo e para o pobo, para , en definitiva, a altura do cargo e das circunstancias e senti-lo peso do cargo e das súas responsabilidades.

    Conservemos o noso idioma, e non a aqueles que tentan agocha-lo entre as tebras dun pensamento único. A lingua dun pobo non é só una forma de falar, senón tamén un xeito de pensar. Se deixamos que nos pensen, desapareceremos como pobo. No deixemos que isto aconteza!

    Como xa deixe constanza o comezo desta exposición, levo uns anos fora de Galiza, ademais de observar o que sinto o través dos meus sentidos cando regreso a mesma, amén dos citados cheiros y do acento das xentes cando me reciben, non podo, con todo, ver como outras cousas tampouco trocan. E non fai falla estares in situ. Dende o meu afastamento, na era das comunicacións, é-me bastante doado saber o que nela ocorre. Daquela, recibín, non con sorpresa, pero si con pesar, os últimos resultados electorais ao Parlamento Galego.

    Así como é-me familiar o cheiro a eucalipto e o enxebre rouco son do falar da miña terra, do mesmo xeito fóronme os citados resultados. Tampouco, neste caso, entrarei a enumera-las múltiples causas que, segundo a miña modesta opinión, levan aos galegos en votación a votar maioritariamente aos de sempre. Consólome pensando que non son a maioría deles por moito que digan os que así lles convén e mellor lles vai, pero non é solución.

    Por máis que o pense e moitas voltas que queira darlle, non acado entender que alguén deposíte-la súa confianza noutro que esta-lle a roubar. Ou o outro é moi listo e alguén e moi parvo, ou os dous están de acordo: quen rouba a un ladrón ten cen anos de perdón. Se alguén rouba e hai quen o lexitima, este derradeiro é tan culpábel do roubo coma o que rouba.

    Pero non só se vota a quen rouba, senón a quen minte. Ben pensado, un acto non pode acometerse sen o outro, e se seguen a mentir e a roubar é porque así a minoría dos que os votan e a maioría dos que non no fan – facéndolle o xogo a citada minoría – o queren. Non é máis cun acto de complicidade. Quen non loita pola súa dignidade, non é digno; quen non loita pola súa liberdade, non na merece; quen non loita polos seus dereitos, estes seranlle cativados; quen se deixa avasalar, non é máis cun vasalo a ordes dun cacique; quen se deixa dominar, nunca será libre. Coma ilustración, sírvanse estas citas:

    • «O que está disposto a abandonar una parte substancial da súa liberdade para conseguir a cambio una seguridade temporal da súa persoa, pertence aos que non merece nin a liberdade nin a seguridade». (Bejamín Franklin)
    • «Si, aprobo totalmente ese senso, esta é a derradeira conclusión da sabedoría: só merece a liberdade e a vida o que sabe conquista-la diariamente». (Johann W. von Goethe)

    Eu, pola miña banda, tento resistirme. Non podo confiar en quen non fala coma min, que cando o fai non no fai co meu acento, que descoñece a miña lingua e o que quere expresar presumindo de ser galego. Non podo confiar en quen albúrgame acotío; que non cumpre cos seus compromisos; que me engana para sacar vantaxe e usarme como moeda de cambio para os seus intereses particulares; que o que di hoxe non ten valor mañá; que non responde polos seus actos; que me impón unhas normas que non entendo nin as pedín; que me rouba de tódolos xeitos posíbeis amparado na legalidade – que el mesmo conveu – e que me segue a roubar fora da mesma con total impunidade; que di se-lo meu servidor cando o que fai é servirse de min; que non defende o débil e afástase ante o forte; que dita leis presuntamente iguais para todos non xustas i equitativas; que é, por definición, covarde, mentireiro e ladrón. Neses non podo nin debo confiar.

    Para rematar farei, novamente, alusión a unha cita que me parece moi acertada. É de Thomas Paine, e di así:

    • «A sociedade é o resultado das nosas necesidades; o goberno, o resultado da nosa corrupción. A sociedade aumenta a nosa prosperidade positivamente en tanto que une as nosas inclinacións; o goberno, negativamente, en tanto que pon dique aos nosos vicios. A sociedade estimula o trato mutuo; o goberno crea diferencias e delimitacións entre os estamentos. A sociedade é un protector; o goberno, un carcereiro. A sociedade é, en toda forma, unha bendición; o goberno é, no mellor dos casos, un mal necesario e, no peor dos casos, un mal insoportábel, pois, cando vémonos expostos a unha vexación por un goberno, que haberiamos suposto tal vez propio dun pais sen goberno, nosa desgraza é aumentada, neste caso, pola conciencia de que nos mesmos creamos o instrumento co que se nos castiga. Como a vestimenta do home, así tamén o goberno e só un signo da inocencia perdida».

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    Euskadi-Galiza, setembro 2016.

  • «A quien corresponda»

    iV

    No hace mucho tiempo dejaba constancia, a través de las redes sociales en las que tengo cuenta, del remate de mi último manuscrito, «Un ramito de violetas». Nunca podré llegar a compensar las muestras de apoyo que recibo siempre que algo por el estilo dejo por escrito en las ya citadas cuentas de la red de redes: gracias por todo cuanto me hacéis sentir. En esas muestras de apoyo, yo incluyo, más que ningún otro, los comentarios.

    Pues bien, uno de los comentarios hecho por un colega que también se dedica a esto de escribir – que no citaré por irrelevante en el caso que nos ocupa –, venía a darme, si la memoria no me engaña, su más sincera enhorabuena y a animarme en la tarea emprendida, ya que hacen falta buenos escritores y buenos libros para demostrar que este país tiene cultura. Si mal no recuerdo, utilizó la expresión, «a raudales». Agradezco, de todo corazón, sus palabras, sus ánimos e intención.

    Si lo que pretendía con su comentario era alegrarme el día, desde luego que lo consiguió. Si su intención fue la de catalogarme como buen escritor y que, por tanto, lo que escribo son buenos libros, ni que decir tiene que me siento sumamente halagado, sobre todo proviniendo de un colega más ducho que yo en la materia. Ahora bien, si lo que quiso era dar a entender que este país tiene cultura, debido precisamente a que posee buenos escritores y buenos libros, lamento tener que disentir.

    No seré yo quien niegue el talento de muchos de mis conciudadanos: los hay por doquier. Ni tampoco es aquí mi pretensión exponer una lista de todos ellos, o al menos de los más significativos, entre otras cosas por no ser yo la persona adecuada ni estar preparada para ello. Si ese talento lo traducimos en cultura, no cabría la menor duda de que seríamos un país culto. No obstante, el talento no siempre se corresponde con la cultura, incluso cuando ese talento es fruto de una vasta cultura. No soy un entendido, pero me atrevería a citar unas cuantas naciones que poseen mucho talento – como varios premios Nobel – y que, sin embargo, no destacan por ser cultas. Una nación culta es aquella que se cultiva – Perogrullada –, y no por tener un motón de talento, sino precisamente por saber aprovecharse del mismo. Si tenemos buenos escritores y buenos libros, pero pocos nos leen de nada habrá servido. Si lo que más se lee es el diario deportivo «MARCA», la revista «PRONTO», o lo más escuchado y visto sea «SÁLVAME» o lo último de «Kiko Rivera», mal vamos en cuanto a cuestiones culturales. Esto que puede parecer nada más que una apreciación personal conocida por todos, viene a confirmarse por los datos ofrecidos por la O.C.D.E. (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico). No voy a extenderme, claro está, con los datos que cualquiera que quiera puede obtener: tan solo es cuestión de tiempo y consulta.

    El bullying, un anglicismo más que nos empobrece más culturalmente (somos el segundo idioma más hablado en el mundo en números absolutos y lo estamos matando), es un fenómeno que ya existía en mi época de estudiante, por entonces conocido como acoso escolar. ¿Os acordáis a quién acosábamos? Pues al mismo de hoy, y el de siempre: al diferente. Al alumno aplicado, al que despreciábamos por «chapón», por sacar buenas notas, o al que destacaba por su sensibilidad e inteligencia. Nada que se cura con la edad. Probad a hablar correctamente, a mostraros cultos, a distinguiros entre vuestros círculos cotidianos tanto sociales como de trabajo y, a excepción de casos muy concretos, notaréis que seguiréis siendo el blanco de todas las collejas que, de físicas, pasaron a ser verbales y mentales. Lo que de verdad se valora, no es al sabio, al culto, al inteligente, al sensible, al que destaca… sino al espabilado de turno, al listillo, al lazarillo, a aquel que sabe sacar provecho de cualquier ocasión y que, cuanto peor le vaya a los demás, mejor. A los que temen a los más fuertes, los poderosos y al mismo Poder; que adulan vergonzosamente y, en muchos casos, pornográficamente. A los que nunca dan la cara ni siquiera para chivarse, siempre amparados en el anonimato, no dudan un solo instante en apuñalarte traperamente. Esos que no pasan de la mediocridad ética, pero que, sin embargo, dirigían y siguen dirigiendo el cotarro.

    Vaya por delante que ninguna de las opciones políticas (léase partidos) que el pasado día 26 de junio concurrieron a las elecciones al Senado y las Cortes Generales, son de mi agrado, es decir, se aproximan a lo que yo demando políticamente. A pesar de ello, sí he votado. Y no porque lo considere un deber, sino por intentar quimera y simbólicamente dejar constancia de mi poca valorada protesta. No pierdo la esperanza, y espero que algún día este país goce, por fin, de una auténtica democracia. Podría empezarse, por aportar alguna idea, porque el voto en blanco sea sustractivo.

    En los tiempos que corren, desde luego, no le faltará razón a quien me tache de iluso. En un país en el que, desde que tenemos democracia, se ha tratado como se ha tratado a la educación (base de cualquier cultura), reformándola caprichosamente prácticamente en cada legislatura, no puede aspirar a ser culto. Lo que pretende el Gobierno de turno (Poder), más que educar, es adoctrinar. Para ello nada mejor que observar cómo, poco a poco, fueron desapareciendo como materias educativas las llamadas humanidades. Entre ellas la filosofía, esa que nos ayuda a pensar, ha sido desahuciada precisamente por ello. Que podamos pensar es peligroso para quienes ejercen el poder. Es peligroso para el mismo Poder.

    Nada me extrañan, por tanto, los resultados electorales. Si lo que consentimos es que un sistema clientelar en el que abundan los estómagos agradecidos nos siga robando, es que somos incultos, ninguneando la bella expresión que el mejor antídoto ante los abusos del Poder es la Cultura. Pues hemos dejado, o han dejado, esa minoría que representa la mayoría de poco más de la mitad de las personas con derecho a voto en este país, que sigan siendo ellos los que sigan abusando de nosotros, que somos mayoría.

    Hay, sin duda, muchas más razones y datos que justifican los citados resultados electorales. Cualquier politólogo de nuevo cuño enumeraría, sin esfuerzo alguno, unas cuantas más que mi corto entender no logra visualizar, sin profundizar, eso sí, en el fondo de la cuestión. Podría apelarse al tan recurrente voto del miedo, que mana, al ampro mi pobre criterio, de nuestra historia: sobre todo la reciente. Otra de las causas, sería el ya mencionado sistema clientelar. Pero lo que nadie hace, es entrar de lleno en la reforma total del sistema político actual, en atacar directamente el estado, es decir, lo que hoy conocemos como estado del bienestar, si no más que para destruir lo que tiene de bueno. Creo sinceramente que ha quedado suficientemente demostrado que este sistema, esta forma de estado, está obsoleto: la crisis del 2008 se lo llevó por delante. Es mi humilde opinión, por lo que creo es necesaria una revolución. Y que nadie se escandalice ni se eche las manos a la cabeza ante semejante propuesta: una revolución no tiene por qué ser necesariamente violenta, siquiera traumática (a pesar de que la historia se empeña en llevarme la contraria). Algunos – apostaría por los de siempre -, ventajosa e interesadamente, me acusarán de antisistema, descalificativo actualizado del rojillo de siempre en este país.

    Entiendo que quien tenga algo que conservar, sea conservador. Pero también deduzco que, quien conserva, para precisamente conservar, se mantiene en el inmovilismo. Lo primero que le exijo a un político es que sea valiente, del mismo modo que entiendo que un pueblo cobarde elija a políticos cobardes. La libertad, la democracia, los derechos y todo lo que una sociedad demande de sus gobernantes no son gratuitos: hay que pelearlos, lucharlos y defenderlos. Toda forma de conservadurismo, por tanto de inmovilismo, conlleva necesariamente a un retraso en el desarrollo de cualquier forma de cultura. Sin embargo, esta última, es la única capaz de liberarnos del engaño, de los corruptos y de quienes los sostienen.

    No podemos presumir de cultos cuando casi el cincuenta por ciento de las personas con derecho a voto en este país se abstuvo. Al igual que en el caso anterior, el politólogo de turno nos expondrá un sinfín de causas y circunstancias de las que, estoy seguro, destacaría la tan cacareada frase hecha como la que sigue: «Y, ¿a quién vas a votar?, si total son todos lo mismo». Hete aquí una muestra más de cobardía, por no luchar contra aquel que quiere que todo siga igual. Él, al menos, sí se pronuncia, y, aunque tenga que ir a votar con la nariz tapada por el hedor que desprende la lista elegida, no renunciará a la misma con tal de salvaguardar sus intereses, en muchos casos, mezquinos.

    No me extenderé más, no quisiera herir susceptibilidades y, si me sirve para excusarme, citaré al alguien mucho más sabio y culto que yo, al maestro Silvio Rodríguez, que nos dice cantando: «… No voy a repetir estribillo. Algunos ojos ven con mal brillo. Y estoy temiendo ahora no ser interpretado. Y eso casi siempre sucede cuando se piensa algo malo…» o presentaré mis disculpas ante los susceptibles, pidiéndoles perdón por las heridas cometidas por mis comentarios a sabiendas de que ellos jamás me las presentarán por sus actos ni por obligarme a vivir según sus preceptos e intereses.

    Así pues, colega de letras, no me ilusiono con pensar que me vayan a leer porque este país sea culto, ni siquiera porque escriba buenos libros – que no es el caso – porque, de serlo, daría exactamente igual. Me conformaré con la gratificación que da el simple hecho de escribir y con los muchos amantes de la lectura que sé que existen. A ellos, colega, tenemos que remitirnos.

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    Euskadi-Galiza, xullo 2016.

  • «A quién corresponda»

    iiI

    Un grupo de revolucionarios armados marcha con una bandera tricolor por una calle adoquinada frente a la catedral de Notre Dame en llamas.

    El 14 de julio de 1789, con la toma de La Bastilla por parte de las clases populares, se dio por iniciada lo que, según los expertos, conocemos como la Revolución francesa, y también, según muchos de aquéllos, el principio de la, denominémosla así, «Era Capitalista» . Las proclamas burguesas de «Liberté, Égalité e Fraternité» en su «Déclaration des droits de l’homme et du citoyen de 1789» , sentaban las bases de lo hasta hoy, demócratas de nuevo cuño del mundo capitalista occidental, defienden como «nuestros valores y modo de vida».No seré yo quien, desde luego, dude de tales valores y de su reafirmación.

    Sin pretender parecer – lo cual seguramente no lograré a pesar de mis intentos – demasiado pedante y apelando a quienes de éstas cosas más entienden, cuando René Descartes, en 1637, daba a conocer su «cogito ergo sum» («pienso, luego existo» ), le estaba cortando la cabeza a Luis XVI; es más, remontándonos más todavía en el tiempo y sugerido por las mismas voces, cuando Colón descubre América, en ese crucial momento de la Historia, se inicia verdaderamente la «Era Capitalista» . Más tarde – algo al que no haga mucho caso el lector (debido a su procedencia, la mía) – pasaría a conocerse como «Capitalista burguesa»; porque como todos bien conocemos, la Revolución francesa no fue más que una revolución burguesa. Como lo fue el descubrimiento de América, un descubrimiento burgués; ¡diantres!, hasta Descartes era burgués.

    Pero la revolución no sólo implantó un nuevo orden político, social y económico, trajo consigo una nueva religión: los Estados Modernos.

    Los enciclopedistas Diderot, d’Alembert, Voltaire, Rousseau, Turgot, Montesquieu y otros pensadores ilustres, llenos de «razón» y su «medio», la «educación», colocaron la primera piedra para la construcción de esos nuevos «Estados Modernos», y sobre la que edificar la «nueva fe». «Educados» , «ilustrados» en nombre de la «razón» y en «defensa de los Estados y sus creencias» (que son las de todos; las de tantos «seudo-políticos» a los que se les llena la boca de democracia) se acometieron las mayores barbaridades, atrocidades, genocidios, etc. – entre ellos dos guerras mundiales, con lo que ello significó en su momento y para la posteridad – que la humanidad había conocido hasta entonces. Una vez más – y disculpen ustedes mi falta de aportación propia – tiraré de sabios en la materia, de los cuales aprendí la célebre cita de Primo Levi (1919-1987, escritor italiano de origen judío sefardí): «Existe Auschwitz, por tanto, no existe Dios». Bueno, a Dios, ya lo matara Nietzsche en el XIX.

    Fíjese, el amable lector, que razonablemente «educados y henchidos de ilustrada fe», en nombre del «Sacro Estado» se enviaron al matadero a millones de personas sin todavía hoy tener muy claro el porqué. Puede que, para algunos, e incluso la mayoría, sí. Yo, desde luego, no. O desordenemos, si prefieren, el orden de los factores, y observaremos que en nada se altera el resultado. Con esos mismos principios se conquistó, se colonizó y hasta ocupó lo propio y ajeno, siempre en la creencia de obrar por la «civilización, nuestro modo de vida, nuestros valores y democracia». Sobre esos polvos se edificaron estos lodos; los supremos principios de la Revolución, «Liberté, Égalité e Fraternité», la «buena razón» de los enciclopedistas con su «educación ilustrada» y la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano fueron absorbidos por una clase social (una élite, mejor dicho), la burguesa, quien se vio devorada (a conveniencia) por un nuevo sistema implantado por ella misma: el Capitalismo. Si conviertes una sociedad en un mercado, al final, sólo quedará este último.

    Deberán, una vez más, disculpar mi pedantería. Nada más lejos está aquí impartiros lecciones de nada, y menos de historia. Podría seguir discurriendo a lo largo de la misma y exponeros una compilación anodina de datos que, estoy seguro, todos ustedes conocen. Mi propósito no es ese. Al menos no es el que me indujo a escribir este bien poco dotado y tosco compendio parcial de mi, digamos, exiguo pensamiento.

    Lo dicho hasta ahora, en nada servirá para su entendimiento y aclaración. Repito, no seré yo quien dude de los valores arriba reseñados, ni quien justifique cualquier tipo de violencia en contra de los mismos. La violencia, sea cual sea, provenga de donde provenga y ejerza quien la ejerza, limitadas veces puede emplearse como un medio para la obtención de un fin y, si en todo caso deba producirse, siempre será al amparo de la legítima defensa o de una causa superior.

    Concordarán conmigo que existen varios tipos de violencia, así como varios modos e incluso motivos de y para acceder a la misma. Yo añadiría, además, dos tipos de género: «la legal y la legítima». A esta segunda ya me he referido y es a la única que justifico, y no porque así pueda determinarlo la primera de ellas, como lo contempla nuestra legislación, sino porque es la más moralmente decente. Es la que se sostiene como último recurso contra las injusticias, por muy legales que sean éstas. Para combatir un «Estado tirano», por ejemplo, puede ser un recurso, aunque deba admitir que nunca o casi nunca es la solución.

    Los modos de acceso son amplios y en la mayoría de los casos tienden a ramificarse. Se puede ser violento de muchas maneras, y no sólo con métodos estrictamente físicos, sino a través de otros más sutiles. A través de la palabra, por ejemplo, con lo que se dice y escribe o con lo que se legisla o deroga. Con las formas, cómo no, y con el fondo, por supuesto. Sobre todo, con nuestros actos. Si mantenemos una actitud hostil, provocadora, «chulesca», si me lo permiten, ofensiva en forma y fondo, no podemos por menos que encontrarnos, a su vez, con formas y fondos hostiles; con réplicas, en definitiva, violentas.

    Analicemos, por un momento, sin ataduras «ideológicas y/o religiosas-culturales» y sin hipocresías, los conflictos actuales del llamado Oriente Medio. Pues bien, remitiéndonos nuevamente a los factores históricos, ¿no tendrá que ver, y mucho, Occidente en todo ello? La respuesta es, desde mi humilde opinión, obvia: ¡pues claro que tiene que ver, y mucho! No desglosaré aquí un sinfín de datos de historia reciente, de lo que supuso la colonización y posterior descolonización de los países en conflicto, de cómo fueron «explotados» y luego «abandonados» a su suerte por parte de los colonizadores, de cómo se repartieron «botines, poder y fronteras» (Conferencia de Berlín 1885)… y lo único que se nos ocurre, en pleno siglo XXI, al «amparo de la legalidad», de «nuestro modo de vida» y, lo que es peor, de «nuestros valores y democracia», es «la guerra preventiva»; ¿y nos extraña que ésta se nos vuelva en contra?

    El pasado 14 de noviembre de 2015, el Presidente de la República Francesa, declaraba, tras los atentados de la noche anterior (13/11/15), que el acto cometido en París por parte del «Dáesh», era un acto de guerra y que Francia respondería al ataque de la forma debida, de lo que se desprende que ésta nación europea se encuentra en guerra. Ya he expuesto en este breve y poco interesante reflejo de mí, cual es mi postura con respecto a la violencia. Vaya por delante, pues, mi más sinceras condolencias y solidaridad con los cerca de 130 muertos y más de 300 heridos habidos en el citado atentado, así como a todos los que, de una forma u otra, han vivido tan trágica experiencia. No quisiera de ninguna manera aparecer aquí como un tipo insensible a tanto dolor. En este caso, además, me une con el país vecino más de lo que el lector casual pueda suponer. Dicho esto, no puedo dejar tampoco pasar por alto, por llamativo, las palabras del Presidente francés, quien viene a decir que «Francia está en guerra». Se me hace un tanto difícil entender el poco entendimiento de un estadista tal, sin entrar, claro está, en otros derroteros que poca o ninguna cabida tienen en esta exposición. Francia, Monsieur Hollande, hace algún tiempo – antes de los atentados del 13-N – que está en guerra. ¡Sí, sí, en contra del «Estado Islámico» y en defensa de «los valores y modos de vida de los cuales los franceses son pioneros»! O, al menos, así es como ellos se ven. El chauvinismo tiene mucho que ver con mirarse demasiado el ombligo…

    En defensa de unos valores y modo de vida, hemos querido importar e imponer a todo el mundo «nuestros valores y modo de vida» en nombre de la «civilización», sin habernos parado a pensar antes que, tal vez, esos lugares ya estaban «civilizados» a imagen y semejanza de sus propios valores y modo de vida. Tal vez fuera porque, lisa y llanamente, a unos cuantos de esos ya citados «racionalmente educados», les interesó que así fuera y así nos lo hicieron creer. Por nombrar, aunque sólo sea de pasada, lo que los neerlandeses hicieron para imponer «sus valores y modo de vida» en la actual Sudáfrica, con la interpretación torticera que tomaron del reformista cristiano Calvin, los que les condujo a la justificación del «apartheid: un valor y modo de vida para la mayoría civilizada de la minoría blanca», que legitimaba un régimen de separación en el que la población negra era vista como de inferior categoría. Por sólo hablar de los que en el continente africano se quedaron, y no de los que optaron directamente por la conquista y expoliación como fue la de América. O para todos aquellos que me acusarán de remitirme a hechos ya muy lejanos en la historia (¡cuán equivocados están!), les recordaré las más recientes mentiras versadas sobre «armas de destrucción masiva» que amenazaban con destruir… no lo repetiré por ser demasiado repetitivo… Todo en «nombre de la razón» que nos dan nuestros ya tan cacareados «valores y modo de vida». Reitero, no seré yo quien discuta las virtudes – que las tienen – de esos valores y modo. Pero no con ello caeré en su defensa a ultranza, ni que crea que son verdades absolutas inmutables, ni sean los únicos y verdaderos valores y modo de vida.

    Cuando les «sans-culottes burgueses» triunfaron con su revolución, exclamaron al mundo haber acabado con «L’ancien Régime», es decir, que había nacido un «nuevo orden social», que no sólo habían dado fin a una antigua forma de poder tiránico, sino que habían sepultado para siempre sus ideas y principios. Había nacido, en definitiva, unos «nuevos valores y modo de vida». Pues bien, aunque lo que vaya a decir a continuación no sea del todo fiable, ya que me remitiré a mí escaso poder de retención, se me viene a la memoria lo que creo dejó dicho nuestro seguramente más ilustre filósofo, D. José Ortega y Gasset. Según él, las gentes que triunfaron con la revolución francesa eran básicamente comerciantes, negociantes, artesanos, etc. gentes con mucho poder económico en su conjunto, pero con limitado bagaje cultural, proveniente, en el mayor de los casos, «de las bajas clases sociales» (de los burgos, que no del campesinado). Adoptaron, claro está, una vez en el poder, «las viejas y convenientes costumbres de L’ancien Régime», descartando las buenas y nobles que los mandamases de la época, entonces La Nobleza, poseían (que, aunque no lo parezca, sí las tenían). Su «palabra», por ejemplo; o su respuesta ante la guerra: el Noble era el primero en dirigir a sus tropas y, en la mayoría de los casos, las razones de orden económico no eran las que primaban para el inicio de un conflicto armado. Puede que hoy no podamos decir lo mismo.

    Hemos pasado con el «neo-liberalismo» de la «economía con mercado» a la «economía de mercado», hasta acabar en una «sociedad de mercado» . Y esto, lo queramos o no, ha influido notoriamente en todos los ámbitos y aspectos de «nuestros valores y modo de vida», y no sólo a título colectivo, sino individual. El modo hace mucho tiempo que en nada se aproxima siquiera al que, por no retrotraerme demasiado en el tiempo, imperaba entre mi generación. A los valores les sucede más de lo mismo, con la peculiaridad desoladora de que en la práctica han desparecido, o muy cerca de ello están. Soy de los que afirman que la actual crisis no fue provocada inicialmente por una «crisis financiera», sino por una «crisis de valores por pérdida de los mismos», en una sociedad egoísta, cobarde, débil, victimista, decadente, degradada intelectual, moral y culturalmente por sus propios componentes a través del mercado libre (tanto tienes tanto vales) y la globalización (donde la supuesta «colectivización de los mercados» ha reducido a la mínima expresión al individuo: en la era de las comunicaciones estamos – «nos sentimos», que es más grave – más solos que nunca). Así pues, las llamadas a la defensa de «nuestros valores y modo de vida», necesitan, cuando menos, una revisión a fondo. Rescatemos de ellos sus mejores virtudes, pero no hagamos de los mismos un eslogan con los que pretender dominar el mundo a través de su liturgia. Mientras nosotros alcanzamos el cielo con la adquisición de lo último en telefonía inteligente o el vehículo que todo lo hace por nosotros, hay quien está dispuesto a inmolarse por su fe. Estos comportamientos e infinidad más de ellos, deberían, cuando menos, hacernos reflexionar y replantearnos nuestro modo de vida y, sobre todo, nuestros valores. En contraposición a la violencia está el diálogo. El poder de la palabra.

    Ya Platón, hace más de 2300 años, decía que unas de las mejores maneras de llegar al conocimiento pleno y aproximarse lo más posible al mundo de las «Ideas», era través del diálogo. Él mismo deja constancia de su obra en forma de diálogos; de «Hipias» Menor a «Timeo». Pero, ¿cómo poder dialogar en una sociedad tan individualizada, corrupta y mediatizada? Yo lo veo difícil. Ya he hecho referencia a la era de las comunicaciones. Hoy tenemos la red de redes preñada de un motón de «ramificaciones sociales» y no sabemos comunicarnos; siquiera no hemos tomado la molestia de aprender a hacerlo. No hay nada más que darse una vuelta por cualquiera de esas «redes» y comprenderán de lo que les estoy hablando. Yo no soy ajeno a las mismas, y puedo asegurar que me cuesta lo mío entender a algunos que por allí pululan.

    Otras de las referencias a las que aludí fue al declive «cultural-intelectual» (el moral es casi inexistente en los medios anteriormente reseñados) en el que ha degenerado nuestra sociedad. El mantener, pues, un diálogo entre «iguales», se hace harto difícil en los tiempos que corren. No sólo se percatará de ello el avezado lector que tales males descritos se circunscriben a las mencionadas redes sociales de la red de redes, sino también a la compuesta por las denominadas fuentes de información oral y escrita; a los medios de comunicación clásicos, me refiero. Es lastimoso verles doblegarse a todo tipo de intereses y, sobre todo, de poder. Ya no sólo mienten, sino que manipulan, lo que viene a ser más vergonzante si cabe.

    Todo «poder» se mantendrá, entre otros, sobre el poder de la información, y es por ello que acallará cualquier voz que no le sea favorable. Será quien dictamine las directrices a seguir y contará para tal fin con sus «secuaces», quienes a través y con sus medios publicitarán la mano que les da de comer. El «poder» es por antonomasia el gran «gurú de la mentira». Nada nuevo aportaré mencionando a Joseph Goebbels, Ministro de Educación Popular y Propaganda del III Reich, quien expuso sus 11 Principios de Propaganda al servicio del Nazismo, pero que, como Maquiavelo, sólo expuso por escrito lo que todo «poder» siempre realizó, realiza y realizará. No tiene desperdicio – ni ninguno de los 11 – su sexto Principio: «Principio de orquestación: La propaganda debe limitarse a un número pequeño de ideas y repetirlas incansablemente, presentadas una y otra vez desde diferentes perspectivas, pero siempre convergiendo sobre el mismo concepto. Sin fisuras ni dudas». De aquí viene también la famosa frase: «Si una mentira se repite suficientemente, acaba por convertirse en verdad». Si no les convence un ideólogo de una forma de gobierno totalitario, vean pues el decálogo del inventor de la teoría de la propaganda y las relaciones públicas (Propaganda, 1928), Edward Louis Bernays, austríaco y sobrino de Freud, quien se educó y desarrolló su trayectoria profesional en los Estados Unidos. Con tales precedentes, tomaremos, claro está, todo lo que toda «forma de poder» quiera decirnos con el mayor de los «sentidos críticos» que podamos adoptar y, cuando aquélla nos invite al diálogo, pongámonos en alerta. Nos ofrecerá lo que no está dispuesta a ceder. Nos hablará de diálogo en condicional, de esas «líneas rojas» que nadie – excepto ella misma – puede traspasar. Un diálogo basado en el «yo digo y tu escucha» , donde todo pueda debatirse sin que nada contradiga los dictámenes del «Sacro-santo Estado» y sus «verdades reveladas» ; y, si en todo caso deben serte explicadas, «doctores tiene el poder».

    Se les llenará la boca de democracia a todos esos «predicadores del Sacro-santo Estado», convenciéndonos de que el poder está en nuestras manos cuando como «borregos» nos aleccionan en como depositar nuestro voto en las urnas. Nos contarán las mil y una virtudes de la «fiesta de la democracia», sin que nos paremos a pensar que la cosa es más seria que una mera fiesta. Nos harán «creer» que esta es «la mejor y única forma conveniente de convivencia», que lo que pueda venir de novedoso o que lo que podamos «readoptar» de nuestro bagaje histórico es peligroso, que la fórmula es, en definitiva, sino la mejor, «sí la menos mala de todas las posibles»; pero lo peor es que nos harán «tragar» con que esto es la democracia, y que ésta, como es sabido, se basa en el diálogo. Ellos que con nadie quieren hablar.

    No hará falta remitirnos a ejemplos ninguno para ilustrar lo que vengo diciendo, aún con mandatos democráticos ordenados por sufragio universal a través de los votos – que no voces – emitidos de la mayoría, no quieren hablar. ¿Cómo queremos que hablen, si no nos escuchan? Si lo que quiere el pueblo es que se le escuche, que empiece por practicar «bramando en el desierto». Interpretan, bajo «el prisma del poder» – léase también «poderes» –, lo que a éste más le conviene: el inmovilismo. Toda forma de poder, al igual que toda religión, en esencia, nunca cambia. Sólo cuando ciertas condiciones sociales, económicas, culturales e incluso político-históricas se dan y favorecen un cambio de tendencia – como una revolución, por ejemplo –, entonces puede derrocarse el «poder establecido» por otro que ocupará su lugar, y ese nuevo «poder» se reestablecerá como lo hiciera su antecesor. Para que un diálogo fructifique debe darse entre «iguales». De nada nos servirá entablar cualquier tipo de conversación con quien no sea o no se considere «nuestro igual», a pesar de todas las promesas dadas para el alcance de esa supuesta igualdad. Lo que todo «poder» propone con la misma, no es más que una «idea de unidad o unitaria , una «forma de sociedad igualitaria» que no es más que «una forma unitaria de pensamiento único». Con ella se ahorrarán los conflictos que puedan derivar del pensamiento libre, plural y diverso y sus derivadas culturales, sociales, políticas… filosóficas incluso.Cualquier diálogo, por tanto, se verá sofocado por esa idea de unificación.

    Volvamos a la historia, la cual, como siempre en estos casos, nos clarificará los conceptos. La Antigua Grecia (la Grecia Clásica) dejó de florecer, y con ello su esplendor, cuando sucumbió al «Imperio Alejandrino y el mundo se helenizó». Roma empezó su decadencia al tiempo que se convirtió en imperio, y de todos es conocido lo que la caída de éste último significó. Las propias comunidades cristianas primitivas fueron barridas de las doctrinas cristianas cuando fueron tan grandes que fueron absorbidas por el «poder unitario del papismo». Que no decir del «federalismo medieval», la liga hanseática, el esplendor de los distintos principados de la Italia del Renacimiento (Florencia, Génova) o de sus repúblicas (Venecia), que cuando se les dio por abrazar a las «nuevas y provechosas alianzas de los grandes estados modernos», desaparecieron sin más. O cómo olvidarse de los Reinos de Taifas habidos en la península ibérica bajo dominación musulmana, que pasaron al ostracismo una vez conquistados por «la unión de los reinos cristianos del norte comandados por los Reyes Católicos» . Por no referirnos a los «things» germanos destruidos por el imperialismo romano. Todas éstas formas de estado tenían algo en común: la proximidad entre sus miembros a través de sus lazos, muchas veces, sanguíneos. Por ello el diálogo era fluido y los acuerdos solían darse por mutuo acuerdo a través de convenios económicos autárquicos.

    Para ilustrar lo que pretendo transmitir lo hasta aquí expuesto, haré, a modo de ejemplo, referencia a los citados «things» germanos. Las comunidades germánicas de la época se componían, por lo general, de unas cien familias («hundertschaften») en colonias dispersas sobre una determinada extensión de tierra; diez o veinte de esas colonias o «hundertschaften» conformaban una tribu, cuyo territorio era denominado «Gau» y, a su vez, las agrupaciones de tribus emparentadas constituían un pueblo. Las «hundertschaften» se repartían entre sí el territorio, de manera tal que, periódicamente, se volvían a hacer repartos, por lo que se evitaba por largo tiempo la propiedad privada de las tierras. De hecho, lo único que podría asociarse con la posesión privada eran las armas, herramientas acondicionadas por uno mismo y otros utensilios de uso diario. Todas las cuestiones importantes se debatían en asambleas populares generales o «Things», y se tomaban en ellas los acuerdos. Del mismo modo o parecido, convivieron durante siglos las primeras comunidades cristianas. En siglo IV a. C., Aristóteles nos advertía de lo siguiente: «Un estado no puede hacerse con diez hombres, y a partir de cien mil, ya no es un estado» . No hay que tomarse, claro está, estos números al pie de la letra, entre otras cosas porque muchos conceptos de la época – entre ellos el numérico – nada tienen que ver con los de hoy en día; pero sí nos acercará a la idea que el filósofo quería transmitirnos: demasiados pocos hombres seguramente no podrían conformar un estado, si bien, un número exagerado de los mismos dejaría de serlo.

    Ponernos en contacto y de acuerdo entre más de cien mil almas puede presentarse como una quimera, por lo que se deduce que es improbable gobernarlas de forma adecuada. Y así, hubo que inventarse «maneras alternativas de gobernabilidad y la necesidad del poder». Éste no intentará el diálogo por improbable ante la inmensidad de los nuevos estados modernos; nos tutelará, nos dirá lo que podemos y no podemos hacer, cuáles son nuestras obligaciones y orientará nuestros derechos, se entrometerá en la intimidad de nuestros hogares y la propia, nos aleccionará sobre el bien y el mal, la moral, la ética y las virtudes que a todo ser le corresponde, como nacer, vivir y morir, en definitiva, nos adoctrinará; nos arrebatará todo cuanto nos pertenece que no es más que nosotros mismos; nos coaccionará, acusará, juzgará y condenará con o sin nuestro consentimiento; nos transformará, en definitiva, en lo que a él más le convenga y, cuando todo esto no le funcione, forzará su huida hacia adelante con la imposición, la conquista y la globalización»... Y todo en nombre del «Sacro-santo Estado», que ha engordado tanto, se ha hecho tan grande, tan inmenso, que en él todos somos extraños, foráneos los unos para los otros y, como marabunta, tsunami, riada… se lo lleva todo por delante, incluido «nuestros tan amados y sobrevalorados valores y modo de vida» .

    rpm ‘16

    Euskadi-Galiza, xaneiro 2016.

    Una escultura de un cerebro humano descansa sobre un anillo oscuro en una habitación gris, con una esfera luminosa arriba y una proyección de luz en la pared que dice UNUS MENS, UNICA COGITATIO.
  • «A quien corresponda»

    ii

    A quien corresponda.

          Anoche hice el amor con mi mujer. Utilizo esta deformación anglo-sajona de decirlo, porque no encuentro otra mejor para expresarme. ¿Cómo quieren que lo diga? ¿Qué practiqué el coito, que mantuve relaciones sexuales – o si quieren íntimas, para los más puritanos – o más aún: que consumí y el acto y deber conyugal? Pues, no. Simplemente hice el amor. Más que simple, diría que sencillamente.

          Sencillo que no simple porque se trata de hacerlo con mi mujer, mi esposa, mi amante. Complejo que no complicado porque se trata de hacerlo con amor. Bello que no bonito por hermoso y puro, por pasional. Pasión por tratarse de quién se trata y no de lo que se trata. Respeto cuando se entiende lo que es amar, para enamorarse de cada uno de esos momentos. Disfrute por emocional embriaguez sentimental. Llegar al clímax sin exigencias en múltiples sensaciones orgásmicas. Alcanzar el sumun sin promesas de estrellas azules. Silencios de hechizo, ni un sólo reproche, nada de lo siento y te quiero, sólo te amo. ¿Preguntas?, no. Todo son respuestas.

          Muchos son los que afirman que, tras un tiempo, la pasión desaparece, lo que queda, si queda, es el amor. Puede que sea un iluso y que se me acuse de romántico, y que algunos incluso me tachen, directamente, de mentiroso. No quisiera pecar de excepcional porque excepción alguna soy, por lo tanto, ninguna regla confirmaré. Sin embargo, con nada de todo ello me siento mentado: nada que ver tiene conmigo. O, mejor dicho: con nosotros. Después de más de treinta años ahí sigue todo intacto. Con más rodaje, pero con las mismas ganas de viajar. Puede que esos viajes estén más espaciados en el tiempo, pero sólo porque quizás escojamos mejor nuestro destino, porque desde siempre nunca lo hemos planeado. Es como ir a la aventura, esperar ver que nos depara los acontecimientos, echarse en brazos del azar y que este decida. Sin métodos, sin reglas y ninguna meta. Ni periódicas, ni matemáticas, sólo las que te obligan la sinrazón. Pura química, donde las imposiciones jamás hemos querido que aniden, en el que el caos venció a la rutina, lo anodino se fue a hacer gárgaras y la imaginación se lleva todas las manos.

          Tal vez por ello, y puede que se me escape algún argumento más, sigamos juntos sin hastío alguno, desbancado todo aburrimiento, ignorando cualquier axioma, desafiando lo establecido, enterrando las creencias que se suman a nuestro credo. Y no por fe, sino por amor. Y que nadie crea que aquí me presente como abanderado de causa ninguna, ni defensor de nada que puede que siquiera exista. Soy plenamente consciente de mis limitaciones, de lo insignificante que realmente soy. Por ello doy gracias.

          Gracias a esa bendita casualidad que es la vida, que en su inmensa misericordia tuvo a bien disponer para mí un puñado de millones de átomos que, de modo aleatorio y para mi corto entender, milagrosamente, formen lo que yo soy. Gracias a ella y a su inmensa sabiduría para que, en sus inescrutables designios, se sirva de mí, y me tienda la trampa del amor y el sexo y me haga vivir. Gracias por este viaje a ninguna parte y poder hacerlo contigo, amor mío.

          Que nadie aquí se sienta excluido, ya que en nada soy exclusivo. Y que nadie interprete estas pocas líneas, por muy retóricas que sean, como un intento de exponer nada especial o, si quieren, abusando de reiteración, nada que ver con la exclusividad. En todo caso, diferente que no distinto. Como lo son todos y cada uno de ustedes. Y por ello también debemos dar las gracias. Algunos concordaréis conmigo, muchos discreparán, pero ninguno dejará de sentir: como crea y quiera. Que con los años se le hayan ido las cosas, que nada ya le sorprenda, que ya de vuelta esté de todas las cosas, que de tanto recordar el pasado la nostalgia le impida regresar. Yo me quedo aquí, porque quizás nunca me he movido de ahí y, sin embargo, ¡siento que he vivido tanto!… y gracias a ti.

          Así que vivamos, hagamos el amor una vez más, en susurros, sin añoranzas, sin prejuicios. Despidámonos de ellos… sólo quién tiene puede conservar.

          Vuestro, afectuosamente.

    rpm’14   

    Euskadi-Galiza agosto 2014

  • «A quien corresponda»

    I

    Delitos legal, legítimo y moral

    «La burguesía se ha dado buenas trazas para que todas las actividades y capacidades sociales concurran a la caza de la riqueza». Ha sentado como axioma que para ser buen político, empresario, banquero o para la práctica de cualquier poder es un estorbo la abundancia de conocimientos. «Ha reducido a máquinas de trabajo a los productores. Ha convertido en sirvientes a los artistas, intelectuales y hombres de ciencia. Ha suprimido al hombre sustituyéndolo por el muñeco automático. El resultado ha sido fatalmente la multiplicación de las nulidades con dinero. Nos gobiernan los imbéciles». Los que delinquen legal, legítima y moralmente. «El triunfo es totalmente suyo».

    La delincuencia legal es harto conocida. Pulula sin vergüenza y con total descaro, es omnipresente, despreciando cualquier atisbo de honradez con argumentos torticeros maquiavélicamente inducidos por los poderes «in-divididos» de las nuevas sociedades globalizadas. De aquéllos y de quienes los sustentan. En cuanto a la legítima, es consecuencia de la legal: que sea precisamente esto último, no quiere decir que sea legítimo. Ante todo debe imponerse la legalidad moral con la que también trafican sin costes de aduanas ni aranceles tributarios, sino más bien con métodos inmundos y barriobajeros. No mienten, ¡que sí lo hacen!, no omiten, ¡que sí lo hacen!, no engañan, ¡que sí lo hacen!, sino que, lo que en resumen hacen es, manipular. ¡Son los magos de la manipulación! El delito en el que más recaen y que todos ellos más cometen es el de la prevaricación. A sabiendas de que están delinquiendo siguen indolentes y obturados metidos entre sagas de corrupciones en cuevas de ladrones. «No es necesario repetir que se llama ladrón al que se apodera de algo que necesita y hombre honrado al que diariamente sustrae a los demás hombres que para él trabajan una parte considerable del valor de su trabajo».

    «La moral de los códigos y de las leyes es una moral de malvados. Supone y reconoce las mayores monstruosidades voluntarias». Con ellas y por ellas. Primero con la religión y luego con la política, pero con el miedo como estandarte. Está presente a lo largo y ancho del mensaje educativo. Es cautivador y en él nos refugiamos con demasiada frecuencia y, sino, nos empujan al libre albedrío, que no a la libertad. Del esclavo al feudalismo hasta llegar al explotado del capital, pasando por entre otras etapas subordinas y dirigidas siempre al control de las masas, al adiestramiento y aleccionamiento del rebaño por los pastores del miedo ¡O es que acaso ignoramos que «son los maestros de la charlatanería política y social los que conocen y manejan bien los resortes de la sencillez popular!¡Los que hablan elocuentemente a los atavismos heroicos que hacen del pobre el perro guardián del rico!¡Los que despiertan los convencionalismos rancios de la honradez servil, de la lealtad humillante, y cuando la rebeldía popular estalla, la historia magnánima consigna la santa virtud revolucionaria que guarda los bancos, las grandes propiedades, los personajes del rebaño y fusila al miserable que cree llegada la hora de comer y abrigarse!»

    «Nuestro asombro en las grandes crisis, es nuestra acusación». Somos reos de culpabilidad impuesto por los Tribunales del Medio. Y cuanto más pequeños seamos y más miedo tengamos, más culpables seremos. Nos acusamos y acusamos, sin elementos de juico ni juicio de valores, henchidos de perjuicios y prejuicios todos ellos vástagos del miedo amparado en el orgullo. El orgullo del pobre que se ve sin remedio abocado al miedo presente desde la leche y la lengua maternas. Esta es nuestra hipoteca, y cuando por fin creemos tenerla saldada nos recuerdan que es vitalicia, engendrada en el pecado original, castigándonos con las siete plagas. Una de crisis. Si no se producen se inventan y hasta se crean acusando y acusándose a las clases menos favorecidas de las sociedades.

    Hete aquí los grandes delitos. El delito moral del miedo legalizado convertido en legítimo. Sustentados, camuflados y, lo que es peor, amparados por la legalidad envestida de legitimidad, otorgada y justificada por los poderes públicos subordinados y subyugados a intereses particulares de imposición moral, a saber: los Poderes Legislativo, Ejecutivo y Judicial. La norma es consecuencia del hábito y la moral que, una vez consensuada, debe ser ejecutada ante los preceptos de la justicia.

    rpm’13

    Galiza-Euskadi, febreiro 2013