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  • «CARTAS DESDE EUSKADI»

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    XV

    A quien corresponda.

          Anoche hice el amor con mi mujer. Utilizo esta deformación anglo-sajona de decirlo, porque no encuentro otra mejor para expresarme. ¿Cómo quieren que lo diga? ¿Qué practiqué el coito, que mantuve relaciones sexuales – o si quieren íntimas, para los más puritanos – o más aún: que consumí y el acto y deber conyugal? Pues, no. Simplemente hice el amor. Más que simple, diría que sencillamente.

          Sencillo que no simple porque se trata de hacerlo con mi mujer, mi esposa, mi amante. Complejo que no complicado porque se trata de hacerlo con amor. Bello que no bonito por hermoso y puro, por pasional. Pasión por tratarse de quién se trata y no de lo que se trata. Respeto cuando se entiende lo que es amar, para enamorarse de cada uno de esos momentos. Disfrute por emocional embriaguez sentimental. Llegar al clímax sin exigencias en múltiples sensaciones orgásmicas. Alcanzar el sumun sin promesas de estrellas azules. Silencios de hechizo, ni un sólo reproche, nada de lo siento y te quiero, sólo te amo. ¿Preguntas?, no. Todo son respuestas.

          Muchos son los que afirman que, tras un tiempo, la pasión desaparece, lo que queda, si queda, es el amor. Puede que sea un iluso y que se me acuse de romántico, y que algunos incluso me tachen, directamente, de mentiroso. No quisiera pecar de excepcional porque excepción alguna soy, por lo tanto, ninguna regla confirmaré. Sin embargo, con nada de todo ello me siento mentado: nada que ver tiene conmigo. O, mejor dicho: con nosotros. Después de más de treinta años ahí sigue todo intacto. Con más rodaje, pero con las mismas ganas de viajar. Puede que esos viajes estén más espaciados en el tiempo, pero sólo porque quizás escojamos mejor nuestro destino, porque desde siempre nunca lo hemos planeado. Es como ir a la aventura, esperar ver que nos depara los acontecimientos, echarse en brazos del azar y que este decida. Sin métodos, sin reglas y ninguna meta. Ni periódicas, ni matemáticas, sólo las que te obligan la sinrazón. Pura química, donde las imposiciones jamás hemos querido que aniden, en el que el caos venció a la rutina, lo anodino se fue a hacer gárgaras y la imaginación se lleva todas las manos.

          Tal vez por ello, y puede que se me escape algún argumento más, sigamos juntos sin hastío alguno, desbancado todo aburrimiento, ignorando cualquier axioma, desafiando lo establecido, enterrando las creencias que se suman a nuestro credo. Y no por fe, sino por amor. Y que nadie crea que aquí me presente como abanderado de causa ninguna, ni defensor de nada que puede que siquiera exista. Soy plenamente consciente de mis limitaciones, de lo insignificante que realmente soy. Por ello doy gracias.

          Gracias a esa bendita casualidad que es la vida, que en su inmensa misericordia tuvo a bien disponer para mí un puñado de millones de átomos que, de modo aleatorio y para mi corto entender, milagrosamente, formen lo que yo soy. Gracias a ella y a su inmensa sabiduría para que, en sus inescrutables designios, se sirva de mí, y me tienda la trampa del amor y el sexo y me haga vivir. Gracias por este viaje a ninguna parte y poder hacerlo contigo, amor mío.

          Que nadie aquí se sienta excluido, ya que en nada soy exclusivo. Y que nadie interprete estas pocas líneas, por muy retóricas que sean, como un intento de exponer nada especial o, si quieren, abusando de reiteración, nada que ver con la exclusividad. En todo caso, diferente que no distinto. Como lo son todos y cada uno de ustedes. Y por ello también debemos dar las gracias. Algunos concordaréis conmigo, muchos discreparán, pero ninguno dejará de sentir: como crea y quiera. Que con los años se le hayan ido las cosas, que nada ya le sorprenda, que ya de vuelta esté de todas las cosas, que de tanto recordar el pasado la nostalgia le impida regresar. Yo me quedo aquí, porque quizás nunca me he movido de ahí y, sin embargo, ¡siento que he vivido tanto!… y gracias a ti.

          Así que vivamos, hagamos el amor una vez más, en susurros, sin añoranzas, sin prejuicios. Despidámonos de ellos… sólo quién tiene puede conservar.

          Vuestro, afectuosamente.

    rpm’14   

    Euskadi-Galiza agosto 2014

  • «A quien corresponda»

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    III

    Delitos legal, legítimo y moral

    «La burguesía se ha dado buenas trazas para que todas las actividades y capacidades sociales concurran a la caza de la riqueza». Ha sentado como axioma que para ser buen político, empresario, banquero o para la práctica de cualquier poder es un estorbo la abundancia de conocimientos. «Ha reducido a máquinas de trabajo a los productores. Ha convertido en sirvientes a los artistas, intelectuales y hombres de ciencia. Ha suprimido al hombre sustituyéndolo por el muñeco automático. El resultado ha sido fatalmente la multiplicación de las nulidades con dinero. Nos gobiernan los imbéciles». Los que delinquen legal, legítima y moralmente. «El triunfo es totalmente suyo».

    La delincuencia legal es harto conocida. Pulula sin vergüenza y con total descaro, es omnipresente, despreciando cualquier atisbo de honradez con argumentos torticeros maquiavélicamente inducidos por los poderes «in-divididos» de las nuevas sociedades globalizadas. De aquéllos y de quienes los sustentan. En cuanto a la legítima, es consecuencia de la legal: que sea precisamente esto último, no quiere decir que sea legítimo. Ante todo debe imponerse la legalidad moral con la que también trafican sin costes de aduanas ni aranceles tributarios, sino más bien con métodos inmundos y barriobajeros. No mienten, ¡que sí lo hacen!, no omiten, ¡que sí lo hacen!, no engañan, ¡que sí lo hacen!, sino que, lo que en resumen hacen es, manipular. ¡Son los magos de la manipulación! El delito en el que más recaen y que todos ellos más cometen es el de la prevaricación. A sabiendas de que están delinquiendo siguen indolentes y obturados metidos entre sagas de corrupciones en cuevas de ladrones. «No es necesario repetir que se llama ladrón al que se apodera de algo que necesita y hombre honrado al que diariamente sustrae a los demás hombres que para él trabajan una parte considerable del valor de su trabajo».

    «La moral de los códigos y de las leyes es una moral de malvados. Supone y reconoce las mayores monstruosidades voluntarias». Con ellas y por ellas. Primero con la religión y luego con la política, pero con el miedo como estandarte. Está presente a lo largo y ancho del mensaje educativo. Es cautivador y en él nos refugiamos con demasiada frecuencia y, sino, nos empujan al libre albedrío, que no a la libertad. Del esclavo al feudalismo hasta llegar al explotado del capital, pasando por entre otras etapas subordinas y dirigidas siempre al control de las masas, al adiestramiento y aleccionamiento del rebaño por los pastores del miedo ¡O es que acaso ignoramos que «son los maestros de la charlatanería política y social los que conocen y manejan bien los resortes de la sencillez popular!¡Los que hablan elocuentemente a los atavismos heroicos que hacen del pobre el perro guardián del rico!¡Los que despiertan los convencionalismos rancios de la honradez servil, de la lealtad humillante, y cuando la rebeldía popular estalla, la historia magnánima consigna la santa virtud revolucionaria que guarda los bancos, las grandes propiedades, los personajes del rebaño y fusila al miserable que cree llegada la hora de comer y abrigarse!»

    «Nuestro asombro en las grandes crisis, es nuestra acusación». Somos reos de culpabilidad impuesto por los Tribunales del Medio. Y cuanto más pequeños seamos y más miedo tengamos, más culpables seremos. Nos acusamos y acusamos, sin elementos de juico ni juicio de valores, henchidos de perjuicios y prejuicios todos ellos vástagos del miedo amparado en el orgullo. El orgullo del pobre que se ve sin remedio abocado al miedo presente desde la leche y la lengua maternas. Esta es nuestra hipoteca, y cuando por fin creemos tenerla saldada nos recuerdan que es vitalicia, engendrada en el pecado original, castigándonos con las siete plagas. Una de crisis. Si no se producen se inventan y hasta se crean acusando y acusándose a las clases menos favorecidas de las sociedades.

    Hete aquí los grandes delitos. El delito moral del miedo legalizado convertido en legítimo. Sustentados, camuflados y, lo que es peor, amparados por la legalidad envestida de legitimidad, otorgada y justificada por los poderes públicos subordinados y subyugados a intereses particulares de imposición moral, a saber: los Poderes Legislativo, Ejecutivo y Judicial. La norma es consecuencia del hábito y la moral que, una vez consensuada, debe ser ejecutada ante los preceptos de la justicia.

    rpm’13

    Galiza-Euskadi, febreiro 2013